Hace un año que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sorprendió a los ciudadanos con su ‘Carta a la ciudadanía’. La publicó en las redes sembrada de ampulosas fórmulas y una emocionalidad impostada que revelaba la personalidad histriónica de un mandatario fuera de control.
El paso del tiempo y una vertiginosa actualidad han confirmado algunas perspectivas judiciales y políticas sobre el asombroso suceso que con los meses no podemos más que lamentar.
Atendiendo al principal objeto de la carta, el tiempo ha tratado muy mal las quejas de Sánchez sobre las primeras investigaciones de las actividades privadas de Begoña Gómez. Lo que el presidente denunciaba como bulos inventados por medios de comunicación que habrían llevado a una excéntrica investigación judicial se han confirmado y se han ampliado a su entorno familiar, laboral y presidencial.
Las investigaciones que entonces fueron el motivo de su embarazoso despecho siguen hoy su curso y, lejos de decaer, tienen cada vez más frentes abiertos. El cerco que entonces apuntaba a la mujer del presidente ahora compromete también a su hermano y sus cargos de confianza, además del propio fiscal general del Estado. De aquellas informaciones, que merecieron una campaña de descrédito contra los medios, nada se desmintió. Al contrario, se crearon nuevas dudas que están lejos de resolverse.
La misiva puso en suspenso la actividad de Gobierno con un mensaje en redes y en un iracundo arrebato cercano al chantaje emocional impropio del mandatario de una democracia. Se ha confirmado desde entonces un deterioro de la institucionalidad por parte del Ejecutivo que seguimos padeciendo en sus continuos desmanes y falta de cortesía.
España es, desde entonces, un país en el que se ha degradado el debate público y donde se menosprecia desde Moncloa a la oposición, a los gobiernos que no controla su partido, a las instituciones, las autoridades, la judicatura, la prensa y los medios de comunicación a los que se desacredita en cuanto tiene ocasión.
Desde que Sánchez publicó su carta, todo ha ido a peor. La propia figura del presidente y la imagen de España sufrieron un ridículo espantoso en el extranjero del que aún no se han repuesto.
La estampa de hombre fiable que mantenía Sánchez fuera de nuestras fronteras terminó de quebrarse y de dañar, con ella, la reputación del país.
Ofreció la dimensión política de un hombre sujeto al impulso de sus emociones que chantajeaba a los suyos pidiéndoles una adhesión inquebrantable, que actuaba manejado por sus humores al margen de sus más cercanos asesores y que no era ya políticamente eterno.
ABC