Qué país tan pintoresco, oye. Mientras en Madrid ondean banderas arcoíris al ritmo de “Soy lo que soy” y Pedro y Alberto (no precisamente una pareja) organizan congresos del PSOE y PP a cara de perro, en Pamplona suena el txistu, estalla el chupinazo y la ciudad se convierte en un escenario de Netflix versión “medieval meets after-party global”.
Porque sí, señoras y señores, mientras en la capital los políticos se quitan las máscaras (algunos para ponerse otras, según a quién haya que agradar) y se debaten entre pactos imposibles y fotos para Instagram, los pamplonicas hacen lo propio… pero con una manada de toros que no entiende de ideologías. Aquí no hay debate, o corres o eres empitonado. Y no hablamos de “empitonamiento político” tipo audiencia nacional filtrando sentencias, sino del auténtico, del que deja cicatrices y portadas en la prensa internacional.
Curioso que el espíritu de Hemingway siga flotando en el ambiente, ese mismo Hemingway que allá por 1926 decidió que no había nada más exótico que ver a un grupo de valientes, o de insensatos con resaca, jugarse la vida a las ocho de la mañana, cuando cualquier persona sensata estaría en la cama. Él no conoció el calimocho ni el botellón globalizado, pero seguro que lo hubiera narrado como si fuera alta literatura.
Porque San Fermín es eso, una mezcla de liturgia, adrenalina y turismo de masas. Lo que empezó en el siglo XIII como feria comercial y procesión al santo ha acabado en un cóctel donde se confunden el vino, la cerveza, el cava y las lágrimas del “Pobre de mí”. ¿Religión? Ahora solo queda el rezo improvisado a San Fermín antes de echar a correr, pañuelo rojo al cuello y periódico en mano, como si fuera un escudo contra medio tonelada de músculo y cuernos.
Mientras tanto, en Madrid, los políticos también corren. No delante de toros, pero sí delante de las encuestas y los periodistas. El Congreso del PSOE parece un encierro emocional en el que Sánchez esquiva críticas internas como un buen mozo pamplonés esquiva astas. El del PP, otro tanto, con Feijóo intentando no resbalar en las curvas de la Calle Estafeta de la política nacional.
¿Y qué decir del Orgullo? Esa fiesta que demuestra que, si en Pamplona se corre por la vida, en Madrid se desfila por el derecho a vivirla plenamente. Dos Españas: la de los toros y la de los tacones de plataforma. ¿Antagónicas? Quizá no tanto. Porque al final ambas celebran lo mismo, la libertad, aunque unos la persigan (literalmente) y otros la defiendan (metafóricamente).
Lo cierto es que mientras la Pamplona medieval se moderniza a golpe de streaming y stories en Instagram, y Madrid se pinta de colores para maquillar una realidad política cada vez más gris, España entera sigue girando en torno a sus tradiciones. Y, como siempre, entre pañuelos rojos, abanicos arcoíris y discursos de “autoayuda política”, seguimos siendo ese país que convierte cualquier evento en un espectáculo global… aunque luego el lunes vuelva la resaca.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 06/07/2025

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