La diferencia entre las tertulias de hoy y las de hace un porrón de años tiene nombre de poesía: “Escrito en el aire”.

 Se le ocurrió a Eduardo Sotillos, Director de Radio Nacional de España que hizo una apuesta rigurosa por el debate plural y civilizado de un tiempo en el que el rigor y la buena educación eran señas de entidad de la emisora.

Periodistas de RNE  y profesionales de otros medios, entrevistábamos a un político y analizábamos lo  que pasaba en España y el extranjero en un debate  civilizado, respetuoso y culto  y era inimaginable una falta de respeto, un tono de voz estridente, o una interrupción abrupta para impedir que siguiera exponiendo sus argumentos el que estaba en el uso de la palabra

El desacuerdo se argumentaba, la discusión era constructiva y apasionada, pero a nadie se le ocurría comportarse como un hoolligan con un micrófono abierto.

¿Qué ha sucedido en las tertulias de la televisión para que hoy la norma sea la chabacanería, el insulto, los gritos por encima del argumento y la consigna sobre la razón? 

Los periodistas han sido sustituidos por agitadores políticos con carné de partido, muchos sin titulación académica ni experiencia profesional que se presentan como “analistas políticos” sin más bagaje que el paquete de consignas que les envían sus jefes políticos.  

El objetivo, excitar las pasiones de los ciudadanos de su misma ideología y, para darles una pista sobre el nivel de la tropa,Yolanda Dìaz sería uno de ellos, si no fuera ministra, porque en su cabeza caben frases a medio construir, ideas en proceso de creación y una  extraordinaria capacidad  para dejar abiertas interrogantes.

El nivel es de vuelo rasante con pensadores como “el Rey del pollo frito”, Ramoncín para sus amigos,  Sara Santaolaya, de profesión sus gritos y su novio mayor,  el hijo de un ex diputado del PSOE de cuyo nombre no quiero acordarme, que fue cargo público de Podemos, y ahora vive de “reventar la palabra” de quien esté hablando si es de los contertulios fachas.

Televisión española es la única que carece de dudas y al mismo tiempo de convicciones. Todos saben a qué se juega, en particular los más agradecidos que no paran de hacer méritos, fuera de su jornada laboral, mientras les dure el contrato. Solo el personal fijo tiene bula para decir lo que piensa, mientras esperan poder trabajar en los espacios que ocupan los contratados.

Algún día no  tendrán una respuesta cuando su nieto, estudiante de periodismo, le pregunte ¿Qué hiciste en aquellos años, abuelo?.

Diego Armario

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Humanidad,

Última Actualización: 01/12/2025

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