Dicen que el cine muchas veces imita a la vida. Pero en España empieza a ocurrir algo mucho más inquietante, la vida política está empezando a parecer una película de Torrente.
La nueva película de Santiago Segura, Torrente, presidente, ha arrasado en su estreno con millones de espectadores en apenas unos días. Y no es de extrañar, porque el argumento es tan disparatado como familiar, donde el personaje más cutre, corrupto, oportunista y políticamente incorrecto del cine español acaba metido de lleno en la política hasta alcanzar el poder.
En cualquier otro país esto sería simplemente una comedia grotesca.
En España, en cambio, empieza a parecer un documental con exageraciones.
José Luis Torrente siempre ha sido el retrato caricaturesco del español más rancio, machista, corruptillo, tramposo, amante del enchufe y convencido de que la culpa siempre es de otro. Durante años nos hemos reído de él porque representaba una exageración absurda.
Pero viendo el panorama político actual, muchos espectadores empiezan a sospechar algo inquietante, quizá Torrente no era una caricatura, sino un retrato demasiado realista.
La película plantea que un personaje sin preparación, con un discurso populista, rodeado de amiguetes y especialistas en el arte del enchufe, puede terminar gobernando si sabe tocar las teclas adecuadas del descontento social.
¿Ficción?
Tal vez.
Pero basta con encender el telediario para comprobar que el guion no está tan lejos de la realidad.
Hoy la política española parece un casting permanente donde lo importante ya no es la capacidad de gestión, ni la experiencia, ni siquiera el sentido común. Lo importante es el espectáculo.
El político moderno ya no necesita saber gobernar; necesita dominar tres cosas,
el eslogan fácil, el tuit incendiario y la pose para la foto.
Exactamente lo mismo que haría Torrente en campaña.
En la película todo funciona a base de improvisación, clientelismo, amiguismo y un discurso que cambia según sopla el viento. Pero lo más inquietante no es eso.
Lo verdaderamente inquietante es que el público se lo cree.
Y quizá por eso la película ha tenido tanto éxito, porque el espectador no sabe muy bien si está viendo una comedia o una crónica política.
Durante años nos reímos del personaje de Torrente porque representaba lo peor de nosotros mismos llevado al extremo. Pero ahora empieza a surgir una duda incómoda, tal vez la broma ha ido demasiado lejos.
Porque cuando una sátira política se parece demasiado a la realidad, deja de ser solo humor.
Se convierte en un espejo.
Y ahí está el verdadero problema.
Que cada vez cuesta más distinguir entre una película de Torrente…
y un pleno parlamentario.
Salva Cerezo