En España hemos elevado el concepto de “estrategia” a una categoría casi artística. No hablamos ya de gobernar, sino de jugar una partida de póker donde las cartas se enseñan solo cuando interesa… y a veces ni eso.
Primera jugada: los túneles.
La Guardia Civil desmantela auténticas obras de ingeniería subterránea utilizadas para el tráfico de droga desde Marruecos. Varios niveles, ventilación, planificación milimétrica… una maravilla técnica. Vamos, que si en lugar de droga transportaran turistas, ya estarían financiados con fondos europeos.
Pero claro, aquí surge la pregunta incómoda: ¿quién estaba mirando hacia otro lado mientras se excavaba todo eso? Porque en España puedes tardar años en conseguir un permiso para reformar una cocina, pero parece que hacer un túnel digno del metro de una gran ciudad tiene un control administrativo… digamos… flexible.
Segunda jugada: el dinero que se evapora.
946 millones asignados por Bruselas para paliar los efectos de la DANA… y ni rastro. Desaparecidos en combate burocrático. Mientras tanto, los damnificados siguen esperando, mirando al cielo con más miedo que fe.
Y si miramos a La Palma, la cosa roza lo surrealista, familias viviendo en contenedores dos años después del volcán. Contenedores. En un país donde la recaudación de Hacienda está en máximos históricos.
Es decir, el dinero entra a raudales… pero encontrarlo cuando hace falta es como buscar agua en el desierto. O mejor dicho, como buscar responsabilidad en un despacho oficial.
Tercera jugada: la memoria a conveniencia.
Los presos de ETA salen progresivamente, mientras EH Bildu gana peso político en el País Vasco y Navarra.
Aquí el dilema ya no es histórico, es matemático. Porque cuando los números no salen, la ética parece convertirse en una variable ajustable. Y la pregunta flota en el ambiente: ¿son imprescindibles esos votos… o simplemente son cómodos?
La memoria, como tantas cosas en política, parece funcionar con interruptor, porque se enciende cuando conviene y se apaga cuando estorba.
Cuarta jugada: la desconexión total.
Mientras todo esto ocurre, la imagen final es casi cinematográfica. Pedro Sánchez y Begoña Gómez, que ha vuelto a dejar plantado al juez Peinado, rumbo a Doñana en Falcon, acompañados de un despliegue que haría sonrojar a cualquier jefe de Estado en visita oficial.
La crisis, al parecer, es un concepto relativo. Existe… pero depende mucho de la altura a la que se observe.
Desde tierra, se siente.
Desde el Falcon, se sobrevuela.
Y mientras tanto, el discurso oficial se aferra a viejos lemas como el “no a la guerra”, que suenan muy bien en pancarta, pero que empiezan a parecer más un recurso estético que una convicción profunda en medio de este tablero de juego.
Porque al final, lo que queda es la sensación de que no estamos ante un gobierno que gestiona problemas, sino ante uno que administra percepciones.
Un país donde,
Se construyen túneles sin que nadie vea nada.
Desaparecen millones sin dejar rastro.
Se reescribe la memoria según las necesidades del momento.
Y se gobierna desde una burbuja a prueba de realidad.
Un póker en toda regla.
so sí, con una diferencia importante, aquí no sabemos quién reparte las cartas… pero cada vez parece más claro quién acaba pagando la partida.
Salva Cerezo