España ya no necesita Ministerio de Economía. Con una tómbola y una impresora de billetes bastaría. La última genialidad del laboratorio del bienestar infinito llega en formato farmacéutico con el copago reducido a 8,30 euros para inmigrantes vulnerables, cuando antes abonaban el 40%.
Porque aquí la solidaridad siempre empieza por el bolsillo ajeno.
Mientras tanto, el español medio observa la escena con esa mezcla entre resignación y cara de contribuyente atracado que ya se ha convertido en deporte nacional. Ese ciudadano que trabaja, cotiza, paga autónomos, IRPF, IVA, impuestos especiales y hasta peajes emocionales cada vez que enciende la televisión para escuchar otra rueda de prensa triunfalista.
Y claro, uno empieza a sospechar que esto ya no es política social. Esto es “Black Friday electoral”. Todo rebajado. Todo subvencionado. Todo regalado… salvo la factura, que esa siempre llega al mismo domicilio, el del contribuyente pringado de toda la vida.
Porque la fiesta no acaba en el copago. No. Ahí solo empieza el desfile. Luego aparecen las misteriosas subvenciones a asociaciones con nombres que parecen generados por inteligencia artificial después de una noche de absenta: “Asociación Internacional para la Resiliencia Inclusiva Multicultural Sostenible de la Diversidad Circular”. Y toma subvención.
Da igual que nadie sepa exactamente a qué se dedican, dónde están o quién las dirige. Lo importante es que la palabra “inclusión” aparezca al menos tres veces y que el proyecto tenga suficientes colores pastel en el dossier. Con eso cae dinero público más rápido que un tertuliano cambiando de opinión.
Después llegan las adjudicaciones “a dedo”, esa tradición española más antigua que el botijo. Servicios públicos entregados con una rapidez sospechosamente milagrosa a entidades amigas, ONG oportunamente cercanas o empresas expertas en vivir del BOE como las rémoras viven del tiburón. Todo muy democrático, transparente y sostenible… sobre todo sostenible para quienes viven de ello.
Y mientras tanto, la sanidad colapsada, las listas de espera creciendo, los jóvenes sin acceso a vivienda y los jubilados haciendo malabares con la pensión. Pero eso sí, para propaganda institucional nunca falta presupuesto. España puede quedarse sin médicos, pero jamás sin eslóganes.
La situación empieza a recordar a esos antiguos caciques que regalaban garrafas de aceite antes de las elecciones, solo que ahora el aceite se llama “ayuda estructural”, “plan de integración” o “programa de resiliencia comunitaria”. El clientelismo de toda la vida, pero con lenguaje de consultora europea y powerpoint ecológico.
Y aquí entra el proverbio chino: “Cuando soplan vientos de cambio, algunos construyen muros y otros molinos de viento.”
En España hemos perfeccionado una tercera vía, la de construir chiringuitos subvencionados. Que no frenan el viento, no generan energía y encima los pagamos entre todos.
Pero suma y sigue. Porque en esta feria política nadie apaga las luces. Total, la factura siempre la acaba pagando el mismo ingenuo que todavía cree que sus impuestos eran para mejorar el país y no para financiar campañas encubiertas de fidelización electoral.
Salva Cerezo