España se ha convertido en un país tan moderno que ya no necesita series de Netflix. Aquí cada mañana amanece un nuevo capítulo de “Corrupción Reloaded”, y el escándalo de ayer dura menos que un helado en agosto. La estrategia es sencilla, cuando el humo empieza a despejarse, se prende otro incendio mediático y todos a correr detrás de la nueva cortina.
Pero esta vez parece que el guion se les ha ido de las manos.
Resulta que el expresidente Zapatero, oficialmente jubilado de la primera línea política y convertido en una especie de “monje zen bolivariano”, seguía teniendo más conexión 8. Sus secretarias, Gertrudis y Judith, que parecen nombres sacados de una novela de espías de saldo, utilizaban correos oficiales del PSOE y tenían acceso remoto y seguro a los servidores del partido. Vamos, que aquello no era una asesoría ocasional; aquello parecía la NASA socialista.
Y claro, cuando la UDEF aparece por Ferraz no suele ser para apuntarse a un curso de macramé.
Los agentes no fueron precisamente a pedir autógrafos, sino a realizar un registro exhaustivo en busca de documentación sobre una posible trama de financiación irregular. Otra más. Porque en este país ya hay más tramas que en las telenovelas turcas.
Mientras sus ministros se batian el cobre abochornados eb el Congreso, Pedro Sánchez, casualmente, se encontraba en el Vaticano. Qué timing tan celestial. Hay quien dice que fue un acto institucional; otros creen que simplemente acudió a practicar un catolicismo repentino, de esos que aparecen cuando uno escucha pasos judiciales acercándose por el pasillo.
No sería extraño imaginar la escena:
—“Santo Padre, vengo a pedir paz espiritual.” —“¿Confesión?” —“Más bien asilo preventivo.”
Y es que cuando el barco hace aguas, algunos buscan chalecos salvavidas… y otros directamente milagros. Sánchez parece haber optado por la segunda opción, quizá esperando que desde el balcón de San Pedro también concedan indulgencias plenarias fiscales y absoluciones políticas.
El problema es que la fiesta parece acercarse al amanecer. Y ya se sabe lo que ocurre al final de todas las fiestas, se encienden las luces, aparece el desastre en el suelo y alguien tiene que pagar la cuenta.
Aunque en España, para desgracia del contribuyente, casi siempre acaba pagando el camarero.
Salva Cerezo