«No llores por mí, Argentina», cantaba Madonna interpretando a Eva Perón. Y tampoco hace falta llorar por una derrota deportiva que entra dentro de la más absoluta normalidad.
Se gana, se pierde y, a veces, se aprende. Lo que ya no resulta tan edificante es convertir un partido de fútbol en una conspiración internacional digna de una novela de espías de saldo.
Hay quien ha visto una mano negra detrás del resultado. Ignoro si era la mano de Dios, la de Maradona o la de algún funcionario de la FIFA escondido detrás del VAR. Lo cierto es que las estadísticas son tan crueles como las hemerotecas: cero tiros a puerta frente a veinte de España. Cero. Ni uno siquiera para obligar al portero español a despeinarse.
Eso sí, el 1-0 ha sido elevado a la categoría de injusticia histórica. Algunos lo cuentan como si hubieran perdido Trafalgar, las Malvinas y el Mundial en la misma tarde. Se les olvidó un pequeño detalle: para ganar un partido conviene acercarse alguna vez a la portería rival.
También hubo dos goles anulados que, según el lugar desde donde se miren, fueron un escándalo arbitral o simplemente la aplicación del reglamento. Ya saben que el VAR tiene esa curiosa costumbre de ser maravilloso cuando te beneficia y una organización criminal cuando te perjudica.
Lo más divertido del asunto es que los conspiranoicos se han quedado sin GPS moral. Durante semanas nos explicaron que la FIFA quería regalarle el Mundial a Messi en su despedida. Y hay que reconocer que los indicios eran inquietantes. Los fuegos artificiales preparados eran azul y blanco en lugar del rojo y gualda español. Todo estaba dispuesto para la fotografía perfecta: Messi levantando la Copa por última vez mientras el planeta fútbol se secaba las lágrimas de emoción.
Porque nadie discute que Messi ha sido uno de los más grandes jugadores que han pisado un terreno de juego. Pero hasta los dioses del Olimpo tienen fecha de caducidad deportiva. El tiempo, ese árbitro que nunca se equivoca, también juega sus partidos.
Lo verdaderamente extraordinario es que, pese a semejante conjura universal, España tuvo la desfachatez de ganar. Veinte disparos después, la conspiración decidió tomarse el día libre.
Y para rematar la función apareció Donald Trump proponiendo a Gianni Infantino como secretario general de la ONU. Confieso que la imagen me seduce. Imaginen las reuniones internacionales resolviendo conflictos mundiales mediante tandas de penaltis, con el VAR revisando las fronteras y mostrando tarjeta amarilla a los países incumplidores. Al menos serían más entretenidas que algunas cumbres diplomáticas.
Quizá Morgan Freeman tenía razón. Resulta más fácil buscar culpables que reconocer las propias carencias. El fútbol, como la vida, tiene la mala costumbre de poner a cada uno frente al espejo.
España fue campeona porque fue mejor. Sin más conspiración que veinte ocasiones de gol frente a ninguna. Lo demás son fuegos artificiales. Y esos, curiosamente, estaban preparados para celebrarlo al revés.
No llores por mí, Argentina. Las lágrimas son para las derrotas injustas. Las otras simplemente forman parte del juego.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Humanidad,

Última Actualización: 24/07/2026

Etiquetado en: