Hay expresiones que parecen inventadas para describir la política española. “Meter la gamba” es una de ellas.
La palabra gamba procede del italiano gamba, «pierna», derivada del latín vulgar camba. En el argot de maleantes de los siglos XVI y XVII ya se utilizaba como sinónimo de pierna. Así que, cuando alguien mete la gamba, en realidad está metiendo la pierna donde no debe. Y cuando insiste demasiado, acaba metiendo las dos.
La política, naturalmente, ha perfeccionado el concepto.
Después de los últimos patinazos con Ceuta y las concesiones a Marruecos, el Gobierno parece haber descubierto que una frontera no se protege únicamente con declaraciones diplomáticas. Ahora toca reforzarla con militares, que siempre da una imagen bastante más contundente que una rueda de prensa.
También tenemos el célebre diésel de los 20 céntimos, una bonificación que se mantiene para unos mientras la gasolina queda fuera, eso sí, después de habernos exprimido durante el mes de agosto. Porque si hay algo que caracteriza a nuestra política fiscal es esa maravillosa capacidad para convertir cualquier ayuda en un nuevo agravio comparativo.
Y luego está la retirada presidencial de Guadalajara, después de que se cerrara el perímetro de acceso al observatorio de Yebes. Una retirada estratégica, naturalmente. En política nunca se huye, simplemente se cambia de agenda. Y para culminar, la prórroga del cierre de la central nuclear de Almaraz hasta el 2030.
Lo verdaderamente preocupante no es meter la gamba. Todos podemos equivocarnos. Lo preocupante es necesitar una legión de asesores para descubrir, después de hacerlo, dónde estaba la gamba.
Porque rectificar es de sabios. Pero si para rectificar hacen falta ochocientos asesores, varios ministros y unos cuantos militares, quizá el problema no sea la gamba.
Quizá sea el cocinero.
Salva Cerezo