Hace años, cuando no existían las redes sociales y los debates entre ciudadanos se dirimían en la barra de un bar o en una reunión de amigos, la genialidad o la tontería tenía un recorrido muy corto , pero desde que se inventaron los influencers, el mercado de la estupidez está en alza.
Hoy ser catedrático es un asunto menor y los intelectuales están mal considerados porque la avalancha de frases cortas e ideas sin contenido ha sustituido la reflexión y la opinión documentada de las mujeres y los hombres cultos.
Me ha sorprendido que un autor de éxito, muy cotizado en los ambientes periodísticos, haya señalado a Gabriel Rufián como un singular orador por la verborrea breve y largas pausas con las que intenta simular que piensa más y mejor, pero expresarse con algo más de coherencia que Yolanda Díaz, no le convierte en Demóstenes.
Los que reparten doctrina a través de las redes sociales – salvo algunos casos de gente culta y brillante son mediocres convertidos en activistas que han descubierto el mercado de la mediocridad y están suplantando a los antiguos borrachos del bar. Lo que podría parecer un movimiento social de protesta se ha ido convirtiendo en un vomitorio de gente sin ideas que se autodenominan pensadores.
Los que confunde la inteligencia con la popularidad, porque prefieren escriben en El momento cultural que vivimos ha alejado a los intelectuales de los espacios baratos silencio para no ser confundidos con los baratos con prisas y sin causa.
Las ideas se defienden, no se comercian, a pesar del escaparate cada dia más empobrecido por la televisión que ha sucumbido a la basura disfrazada de originalidad al devaluar la función de los periodistas para convertirlos en productos de publicidad a cambio de perder la fé en ellos.
Cuando alguien se olvida de quién fue es fácilmente suplantable.
Diego Armario