España es un país con una capacidad infinita para las casualidades. No hablamos de las de encontrar veinte euros en el abrigo del invierno pasado, sino de esas otras, más “misteriosas”, que aparecen justo cuando el guion político se pone interesante.
Desde 2012 —ahí es nada— no se convocaba una huelga general. Doce años de calma sindical, doce años en los que la precariedad laboral, los contratos basura y los sueldos congelados no parecieron motivo suficiente para que los grandes “guardianes del obrero” levantaran la ceja. Pero, de repente, y como por arte de magia, nuestros aguerridos defensores de la clase trabajadora deciden que el 15 de octubre es un gran día para movilizarse.
¿El motivo? Palestina. Noble causa, sin duda, aunque resulta curioso que el anuncio llegue justo después de firmarse un acuerdo de paz en Egipto. Parece que los sindicatos han tardado tanto en reaccionar que la guerra ya se ha acabado antes de que ellos salgan a la calle.
Pero no seamos malpensados. Que la huelga coincida exactamente con el día en que declaran Koldo y Ábalos en los tribunales debe de ser otra casualidad del destino, de esas que harían sonrojar al mismísimo Murphy. Seguro que es pura coincidencia… como lo de las mariscadas “de trabajo” o los viajes sindicales a paraísos de arena blanca con cargo al fondo solidario.
Mientras tanto, los trabajadores españoles, esos mismos a los que no se les convocó ni para protestar por el IVA, ni por los autónomos ahogados, ni por los sueldos mínimos de miseria, miran asombrados cómo sus representantes se acuerdan de ellos justo cuando hay que tapar titulares incómodos.
En fin, como diría un viejo refrán sindical (de los de sobremesa con gambas y albariño): “Si no hay causa laboral, se inventa una internacional”. Y así seguimos, entre pancarta y marisco, defendiendo al trabajador… pero sin molestar demasiado al poder.
Salva Cerezo