Hay políticos que buscan consensos. Otros buscan acuerdos. Y luego está Pedro Sánchez, que ha decidido practicar un deporte de riesgo: el “contra todos” olímpico.
Mientras media Europa se alinea estratégicamente en bloque ante el conflicto con Irán, el presidente español parece haber optado por el noble arte del contrapié permanente. Si Bruselas gira a la derecha, él tuerce a la izquierda. Si Washington estornuda, él pide mascarilla diplomática.
Y si alguien pregunta dónde está España, la respuesta es sencilla: “En posición lateral de desacuerdo”.
Porque claro, ser el verso suelto del continente tiene su encanto. Eso de aparecer en la foto con gesto grave, mirada de estadista incomprendido y aire de “yo sí estoy en el lado correcto de la historia” queda muy bien en prime time.
La cuestión es que el “lado correcto” cambia más que las modas de TikTok.
Zapatero ya marcó estilo.
No olvidemos que esto tiene antecedentes.
Ya en su día, José Luis Rodríguez Zapatero decidió que levantarse ante la bandera estadounidense era opcional. Un gesto simbólico, dijeron. Una declaración de principios, añadieron. Una forma de decir: “Yo marco mi propio protocolo”.
Ahora el discípulo ha elevado la apuesta. Si antes era permanecer sentado, hoy es impedir repostajes en la base de Rota. La diplomacia española ha pasado del gesto teatral al control de surtidores. De la coreografía simbólica al grifo estratégico. Ahora tendrá que atarse los machos para aguantar la embestida del toro rojo.
Y todo ello, por supuesto, en nombre de la coherencia internacional.
El equilibrio del funambulista
El problema del “contra todos” es que exige un equilibrio permanente. Y aquí viene bien recordar a Albert Einstein, que dejó dicho:
“La vida es como una bicicleta, para mantener el equilibrio tienes que seguir adelante”.
La duda es hacia dónde.
Porque pedalear solo también cansa. Y en política exterior, cuando todos tus vecinos circulan en pelotón y tú decides ir en dirección contraria, no es liderazgo, es tráfico en sentido prohibido.
¿Resistencia estratégica o resentimiento diplomático?
Uno no sabe si esto responde a una visión geopolítica sofisticadísima que solo unos pocos iluminados comprenden…
o si estamos ante esa necesidad tan humana de llevar siempre la contraria cuando no te invitan a la mesa principal.
Porque hay algo profundamente psicológico en ese gesto constante de diferenciarse. Como si el reconocimiento internacional fuese una cuestión personal. Como si la política exterior fuese una sesión continua de terapia.
La pregunta incómoda.
Y en medio del ruido, surge otra cuestión que flota en el ambiente político como mosquito veraniego.
¿Para cuándo ciertas explicaciones pendientes?
¿Para cuándo cierto sobre que, según Víctor de Aldama, debería aparecer?
Pero claro, eso ya pertenece al terreno de la novela política nacional, donde el suspense es eterno y los capítulos nunca cierran.
¿El lado correcto?
Estar en el lado correcto de la historia es una frase que todos usan cuando creen que el futuro les dará la razón.
El problema es que la historia no avisa cuando corrige exámenes.
Mientras tanto, España pedalea.
A veces cuesta arriba.
A veces en dirección contraria.
Y a veces preguntándonos si el manillar lo sujeta la convicción… o el ego.
Porque una cosa es ser independiente.
Y otra muy distinta es quedarse solo en el cruce, convencido de que todos los demás se equivocan.
Seguiremos observando.
Con casco. Por si acaso.
Salva Cerezo