En la política española hay dos maneras de hacerse notar: gestionando bien… o dando la nota. Y como lo primero exige esfuerzo, datos y resultados, lo segundo sale más rentable en titulares.
La última partitura la ha afinado María Jesús Montero, que si llega a presidir Andalucía promete una Ley de lenguas andaluzas. Así, en plural. Porque si vamos a armonizar, armonicemos a varias voces.
¿Pinganillos con salmorejo?
Uno, que se crio escuchando el acento de su tierra entre bares con jamón colgado y sobremesas eternas, se pregunta si el siguiente paso será repartir pinganillos en las tascas para traducir el “miarma” al castellano normativo.
“-¿Qué ha dicho el camarero?”
-“Que si quiere otra caña, pero en dialecto constitucional.”
Porque claro, en Andalucía se habla español… pero con arte. Con ese deje que convierte una frase en música y una conversación en teatro costumbrista. El problema no es el acento, que es patrimonio emocional, sino la obsesión política por convertir cada matiz cultural en un boletín oficial con presupuesto asignado.
Mientras tanto, en la Andalucía real, hay quienes igual priorizan empleo, sanidad o vivienda. Minucias, al parecer, frente al urgente desafío de regular el “illo”.
Nebrija levanta la ceja.
Curiosamente, fue un sevillano, Antonio de Nebrija, quien en 1492 publicó la primera gramática del castellano (aunque algunos despistes la sitúen décadas después). Desde su imprenta renacentista probablemente no imaginó que cinco siglos más tarde el debate no sería cómo expandir la lengua, sino cómo parcelarla políticamente.
Nebrija entendía la lengua como instrumento de cohesión y poder. Nuestros estrategas modernos parecen entenderla como instrumento electoral y presupuesto ampliable. La diferencia es sutil, pero cuesta millones.
El arte de legislar lo accesorio.
Hay algo admirable en la capacidad de algunos dirigentes para detectar el momento exacto en que el debate público flaquea… y entonces lanzar una ocurrencia sonora. Es como tocar el triángulo en mitad de una sinfonía dramática, nadie lo esperaba, pero todos lo oyen.
Porque dar la nota no es cantar mal; es hacerlo alto y a destiempo.
Y mientras tanto, el contribuyente afina la cartera. Total, solo es dinero público. Solo es pedagogía identitaria. Solo es otra ley simbólica que quizá nunca resuelva el problema que pretende dignificar.
En el sur de la península se seguirá hablando español con acento andaluz, con seseo o ceceo, con gracia o sin ella, con más o menos aspiraciones de “s”. Eso no lo cambia un decreto.
Lo que sí cambia un decreto es la agenda política, que convierte lo urgente en secundario y lo secundario en titular.
Y así seguimos, dando la nota.
Eso sí, con mucho compás.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 25/02/2026

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