La Fiesta Nacional de España, en la que se conmemora el Descubrimiento de América, es, además de un acto de memoria histórica nacional, una ocasión para recordar la vocación internacional que siempre ha tenido nuestro país.
Que esa vocación se plasmara en el siglo XV como el anticipo de lo que habría de ser un imperio, idea hoy repudiada por el revisionismo con enfoque contemporáneo, no merma la dimensión de lo que entonces era un proyecto hispánico para el mundo conocido y aún por conocer.
La plasmación de la Fiesta Nacional en un gran desfile militar, como el que ayer recorrió las calles de Madrid, también resulta coherente por la vinculación íntima de las Fuerzas Armadas con los compromisos internacionales más importantes que tiene contraídos nuestro país.
La pregunta que el panorama actual invita –u obliga, mejor dicho– a hacerse es dónde está España en el mundo actual. En apenas una semana, una sucesión de acontecimientos ha dado la medida de nuestra política exterior y la explicación de las razones por las que España se ha quedado fuera de los circuitos de confianza –distintos de los circuitos institucionales– de los países que lideran el mundo occidental.
La servidumbre impuesta por Pedro Sánchez sobre esa política exterior se está cobrando un precio que no hemos hecho más que empezar a cuantificar. La obsesión antiisraelí del Gobierno ha despojado a España de su capacidad de interlocución con las partes enfrentadas, malversando aquel capital político adquirido desde el gobierno de Felipe González, anfitrión en 1991 de la Conferencia de Paz entre Israel y los países árabes, junto a Palestina, que allanó el terreno para los posteriores acuerdos de Oslo.
Hoy España está descolocada ante el futuro de alto el fuego entre Hamás e Israel, por más que Sánchez haya recibido una protocolaria invitación de Egipto, tras el exitoso viaje de los Reyes de España a este país.
Y si la proyección española en Oriente Próximo está anulada y si la confianza del eje atlántico en España está en precario, la concesión del Nobel de la Paz a María Corina Machado despoja de sus disfraces las complicidades de la izquierda española con la dictadura bolivariana que dirige Nicolás Maduro.
El Gobierno español no ha sido capaz de felicitar a una líder democrática en el exilio, hispanoamericana, prisionero de sus vínculos directos e indirectos –pero todos pasados por el filtro de Rodríguez Zapatero– con un régimen señalado y tratado como un narcoestado.
No hay área estratégica para España en la que no se identifique la huella del sectarismo sanchista, triste contraste con las aspiraciones españolas de universalidad que, con todas sus luces y sombras, sin fanatismos patrioteros, transmite la celebración del 12 de octubre.
ABC