¡Qué tiempos aquellos en los que el honor y la verdad se defendían con una espada en la mano y padrinos como testigos para que nadie incumpliera las reglas del duelo entre caballeros! Hoy sería un buen momento para rehabilitar esa tradición si no fuese porque el engaño es la norma fundamental del Estado!.
El duelo estaba reservado para ciudadanos de cierta nobleza y alcurnia, dos cualidades que hoy apenas cotizan en el mercado donde el arrojo para defender a primera sangre o a muerte la palabra dada y el buen nombre, han dejado de existir. En aquellos años los periodistas tenían que ser hábiles con la pluma y con la espada para poder ejercer su profesión cuando un personaje se sentía ofendido por una noticia o un comentario que atentaba contra su honor y le retaban a un duelo.
La Casa de Campo entre dos luces del amanecer sería el lugar idóneo para esos duelos, entre políticos y periodistas, con las señoras putas como testigos, porque les asiste el derecho de ese espacio para su trabajo, cerca de Prado del Rey, sede de Televisión Española, de la que Santiago Bernabéu decía que era una casa de izas, rabizas y colipoterras.
Se ha devaluado de tal manera el respeto a la verdad que tener crédito social y político se ha convertido en un hecho ajeno a la normalidad deseable.
En estos tiempos la ofensa es gratis y no esta sancionada la mentira que con frecuencia forma parte del discurso de los gobernantes que han colonizado los medios de comunicación para convertirlos en un canal de propaganda al servicio del poder.
Ha muerto el romanticismo y se han multiplicado los mamporreros de la mentira que se manifiestan en la puerta del Congreso a favor de los políticos y en contra de sus colegas de profesión que ejercen su derecho a tocarle las pelotas al poder.
“Son la bien pagá”, o el equipo de opinión sincronizada, en versión ocurrente de Carlos Herrera.
Hace años disimulaban o tapaban sus vergüenzas. Hoy están a sueldo del gobierno porque algún Dios los cría y ellos se juntan para escribir al unísono la misma canción.
No les pone de mala leche que los políticos mientan y prevariquen. Ocultan que son comisionistas, traficantes de influencias y amigos de dictadores árabes, sudamericanos, chinos o rusos.
Al final de sus días sus nietos sentirán vergüenza de lo que hicieron y les preguntarán ¿Por qué nunca os atrevisteis a batiros en duelo con un político corrupto para defender los gramos de dignidad que aún quedaban en la profesión?
Diego Armario