Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío… pero en el caso de Junts, lo han recalentado tantas veces que ya huele a refrito institucional.
Su nueva especialidad de la casa se llama “bloqueo sistemático”, y la receta es sencilla, se toma un Gobierno débil, se añade un líder narcisista dispuesto a cualquier cosa por seguir en el sillón, se mezcla con concesiones a la carta y se deja cocer a fuego lento hasta agotar la legislatura… y la paciencia del país.
Porque, seamos sinceros, a Junts España le importa menos que un semáforo en la Diagonal a las tres de la mañana. Lo que realmente les apasiona es la sensación de poder que consiste en ese placer casi adictivo de ver cómo un país entero se tambalea solo con levantar la ceja desde Waterloo.
Sánchez, claro, encantado de servirles la alfombra roja… aunque le pasen por encima.
Durante años, el Gobierno les ha permitido jugar a dos bandas: exigir, chantajear y después, como buenos estrategas, hacerse los ofendidos. Y ahora que dentro del propio Junts algunos alcaldes empiezan a temer el “castigo” en las urnas, los jefes del clan han decidido castigar a toda España por si acaso. Una especie de “si caigo yo, nos hundimos todos”.
Mientras tanto, la nación se asfixia con la economía en precario, las fuerzas del orden público en el diván, y los socios nacionalistas del norte y del sur —del PNV a Mohamed VI— frotándose las manos ante la debilidad de un Gobierno que parece una cooperativa de cesiones.
La jugada es maestra, sí, pero no para España. Junts ha conseguido lo que ningún enemigo externo logró en siglos: desangrar el Estado desde dentro, sin disparar un solo tiro, solo leyes a medida y chantajes de salón.
Y lo más triste es que, cuando todo acabe, todavía saldrán diciendo que lo hicieron “por democracia”.
Mientras tanto, Sánchez sigue sonriendo ante el espejo, convencido de que controla la partida, siendo el más guapo del cuento.
Pero ya se sabe que, quien juega con fuego… termina siendo la antorcha.
Salva Cerezo