Dicen que todo ciclo tiene su principio y su final. Incluso los ciclos de lavadora. Y lo curioso es que cuando el centrifugado se alarga demasiado, la ropa termina deshilachada.
Algo parecido parece estar ocurriendo con la izquierda española, que en los últimos tiempos se está disolviendo como un azucarillo en café recalentado. No en agua fría, no. En café político de sobremesa, de ese que deja poso.
Los datos son caprichosos, seis de las últimas veintiséis elecciones. No es una estadística; es casi una saga literaria titulada “Cómo sobrevivir perdiendo”. Pero claro, cuando uno convierte cada derrota en un acto heroico de resistencia épica, todo encaja en el relato. No se pierde, se resiste. No se cae, se reinterpreta la gravedad.
Y cuando parecía que el argumentario no podía ponerse más interesante, aparece un nuevo personaje secundario en la trama. Un amigo personal, político de proximidad, sorprendido, dicen, organizando empresas más fantasma que Halloween y testaferros con acento tropical. Paraísos fiscales, sociedades instrumentales… una especie de Monopoly deluxe edición Caribe.
Qué mala suerte tiene este presidente. Siempre le salen los escándalos alrededor, como setas después de la lluvia. Debe de ser el clima.
Aunque quizá no sea cuestión de meteorología, sino de arquitectura. Cuando el poder se ejerce en formato pirámide, muy jerárquico, muy personalista, muy “yo y mis circunstancias”, ocurre algo curioso, basta que falle una carta para que el castillo entero tiemble. Y cuando el sistema depende más de la lealtad que del mérito, el más pequeño descuido puede convertirse en un terremoto.
La cuestión ahora no es si la izquierda se diluye. Eso ya parece un experimento químico avanzado. La cuestión es qué harán los de enfrente.
¿Serán capaces PP y VOX de ponerse de acuerdo?
Ahí está la gran incógnita nacional, el auténtico reality político. Porque ganar no es lo mismo que gobernar, y sumar no siempre significa entenderse. A veces dos partidos juntos suman escaños… y restan paciencia.
Mientras tanto, el ciudadano medio, esa especie en peligro de extinción llamada clase media, observa cómo la “resistencia” se traduce en inflación, impuestos creativos y discursos de épica permanente. Porque resistir suena heroico, pero pagar la cesta de la compra no tiene banda sonora.
Y así llegamos al final de un ciclo. O al menos al principio de su agotamiento.
Porque cuando un proyecto político necesita más narrativa que resultados, más épica que gestión y más amigos que transparencia, suele estar viviendo sus últimos capítulos.
La historia demuestra que los ciclos no se rompen desde fuera. Se agotan desde dentro.
Y cuando el azúcar ya no endulza… solo queda el fondo del vaso.
Salva Cerezo