Hay algo profundamente poético en la política española, las viviendas aparecen más en rueda de prensa que en el catastro.
El lunes, Pedro Sánchez volvió a anunciar 15.000 viviendas. Quince mil. El número suena redondo, contundente, casi bíblico. Uno se imagina llaves cayendo del cielo como maná urbanístico. Pero la realidad es menos épica, el problema no es anunciar viviendas, el problema es construirlas.
Porque si algo ha caracterizado la política de vivienda en los últimos años es la arquitectura verbal. Se levantan edificios de titulares, se colocan cimientos de comparecencias y se inauguran barrios enteros… en PowerPoint.
A finales del año pasado se anunció incluso una nueva empresa pública, Casa 47. El nombre ya promete modernidad, y suena a urbanismo de vanguardia, a piso piloto con domótica y plantas colgantes. Pero de momento, lo único que parece haberse edificado es el logotipo.
Mientras tanto, el mercado sigue funcionando como siempre, oferta escasa, precios altos y jóvenes haciendo malabares entre alquileres imposibles y herencias futuras que aún no han llegado. El Ejecutivo promete oferta, pero la oferta real no aumenta. Es como anunciar paraguas en plena sequía, mientras ya se prometieron 180.000 viviendas ni más ni menos.
El milagro demoscópico
en paralelo, el fenómeno estadístico que desafía las leyes de la física política.
El Centro de Investigaciones Sociológicas, nuestro controvertido CIS, continúa otorgando al PSOE más de diez puntos de ventaja sobre el PP en unas hipotéticas elecciones. Diez puntos. Cuando el resto de empresas demoscópicas ven una carrera mucho más dispar, el CIS contempla una autopista despejada.
No es una encuesta. Es casi una experiencia mística.
Donde otros institutos ven niebla, el CIS ve claridad. Donde otros detectan desgaste, el CIS detecta entusiasmo. Es como si existiera un país paralelo, un Narnia demoscópico donde las políticas se materializan al ritmo de los anuncios.
Lo realmente preocupante no es que se anuncien viviendas. Es que la política de vivienda se haya convertido en un catálogo IKEA, todo luce perfecto en la imagen, pero nadie te garantiza que la pieza A encaje con la B cuando llegas a casa.
El problema estructural no se resuelve con cifras lanzadas al aire. La vivienda requiere suelo, seguridad jurídica, incentivos a la construcción, colaboración público-privada, agilidad administrativa. No comparecencias.
Pero claro, anunciar es inmediato. Construir lleva tiempo. Y el tiempo, en política, es un lujo que muchos gobiernos gestionan con titulares en lugar de ladrillos.
Se trata de ganar tiempo, para no perder credibilidad.
Prometer 15.000 viviendas suena a acción. Crear Casa 47 suena a reforma estructural. Publicar encuestas favorables suena a respaldo social. Todo suena bien.
El problema es cuando el sonido no se convierte en materia.
Porque el ciudadano no vive en el boletín oficial ni en la encuesta del mes. Vive en un piso que no encuentra o en un alquiler que no puede pagar.
Salva Cerezo