En este país nuestro ya no se gobierna, se sigue improvisando con sprint final y sonrisa electoral. Y si algo hemos aprendido en los últimos tiempos es que cuando huele a urna… el presupuesto público se convierte en barra libre.
El bono cultural, cultura espirituosa.
El famoso bono cultural juvenil de 400 euros. Una idea maravillosa sobre el papel, fomentar la lectura, el teatro, el cine, el arte… esa cosa antigua llamada “cultura”.
Pero claro, nadie especificó qué tipo de “cultura».
Y así descubrimos que existe la cultura del garrafón, la filosofía del botellón ilustrado y el existencialismo de las tres de la mañana en la pista de baile.
Porque si das 400 euros a alguien que acaba de cumplir 18 años, no estás promoviendo a Miguel de Cervantes… estás patrocinando al DJ residente.
130 millones de euros.
No es gasto, es inversión… en recuerdos borrosos.
Eso sí, electoralmente la jugada es brillante. Porque si algo demuestra la política moderna es que el voto joven no se conquista con ideas… sino con Bizum institucional.
Decreto ómnibus, el todo incluido parlamentario.
Nueva derrota parlamentaria de un decreto ómnibus.
Pero no pasa nada. Se vuelve a intentar. Y otra vez. Y otra.
El decreto ómnibus es ese invento maravilloso que consiste en mezclar en el mismo paquete
ayudas sociales,
reformas estructurales,
ajustes técnicos,
y si cabe, una receta de tortilla
Todo junto, agitado, y presentado como urgente.
Es como esos menús de boda donde te sirven marisco, cochinillo y tarta de chocolate en el mismo plato. Y cuando alguien dice “esto no tiene sentido”, la respuesta es:
—“¿Entonces está usted en contra del marisco?”
No es gobernar, es forzar votaciones emocionales.
Pero claro, cuando el Congreso te dice “no”, quizá el problema no sea la velocidad… sino el contenido.
El que no corre, vuela.
Y si no vuela, lo reempaqueta.
Superioridad moral con memoria selectiva
Y luego está la escena parlamentaria convertida en teatro épico.
La intervención de EH Bildu afirmando que su voto vale más que el de la derecha. Con esa solemnidad que pretende dar lecciones de ética democrática desde la atalaya moral.
La memoria en España es frágil, selectiva y extraordinariamente cómoda según quién la invoque.
875 muertos no son una metáfora. Son una cifra que pertenece a la historia trágica vinculada a ETA.
Y cuando la política se convierte en competición de pureza democrática, convendría recordar que la legitimidad no se mide por volumen de voz, ni por intensidad de mirada.
La democracia no funciona por jerarquía moral autoasignada.
Funciona por votos. Todos iguales. Nos gusten o no.
Conclusión, sprint permanente.
Vivimos en un país donde:
Se regala dinero esperando gratitud electoral.
Se legisla por acumulación forzada.
Se compite por superioridad ética como si fuera un deporte olímpico.
Y mientras tanto, la deuda crece, la polarización aumenta y el ciudadano medio observa el espectáculo con una mezcla de ironía y resignación.
Porque aquí no gobierna quien planifica.
Gobierna quien corre más rápido hacia el titular.
Y como dice el refrán…
El que no corre, vuela.
Y si no vuela… factura al contribuyente y punto y pelota.
Salva Cerezo