Cuando el 13 de octubre de 1931 Azaña dice en las Cortes aquello de España ha dejado de ser católica se pone de relieve el mito liberal-socialista según el cual para cambiar la realidad basta con publicar una ley. Idealismo puro. Y los hechos, tozudos, vinieron a demostrar que España no había dejado ser católica.

Pero la masonería que estaba detrás de estos planteamientos idealistas que pretendían cambiar la realidad, ya había dejado claro que para cambiar eficazmente la realidad social y política no era en absoluto necesario ni conveniente hacer mártires a todos aquellos que quisieran defender su fe, sino que bastaba con corromper a la mujer. Así lo escribía la carta de un masón a mediados del siglo XIX. Porque como es sabido, corrompida la mujer, corrompida la familia y corrompida la sociedad.

Por otra parte la referencia que en esa misma carta se hacía a la mujer no era algo vago y genérico, sino que mencionaba cosas tan concretas como conseguir que la mujer se desnudara, que ambicionara dominar al varón convirtiéndose en un objeto de deseo, que quisiera tener libertad para poder volver a casa borracha y que despreciara su rol de madre como si fuera una esclavitud indigna.

Siendo pues obvio que en 1931 la sola promulgación de las leyes republicanas no iba a conseguir esta corrupción de la mujer, también lo es que para lograrla hacía falta poner en marcha un ambicioso plan. Y siendo la meta la que era, no había mejor instrumento para ello que deteriorar los valores morales. Y por lo que se refiere a España, la coyuntura más favorable no podía ser otra que el éxodo de los pueblos a las ciudades que tenía necesariamente que producirse como consecuencia del desarrollo económico.

Ese fue el principio. Pero era necesario algo más para destruir la armadura moral de la sociedad. Es así como en mayo del 68 se provocaron profundos cambios de mentalidad a través de un movimiento que no solamente sacudió a la sociedad civil sino que removió los cimientos de la Iglesia que como institución era la que salvaguardaba el vigor y el respeto de los valores morales de la sociedad.

Y piénsese que la carta del masón que se ha citado anteriormente ya añadía que era también necesario apartar al sacerdote del culto y procurar que en vez de ello se mezclara en las discusiones y en las tareas civiles. Y de ello se ocupó el postconcilio. Es así como se acabó completando el desmoronamiento de las barreras que velaban porque la mujer deseara respetarse a sí misma, barreras que a partir de entonces empezaron a ser consideradas como simples prejuicios.

Y ahora estamos viendo cómo esta aparente liberación de la mujer está conduciendo a resultados desastrosos, tanto para la convivencia como para la educación de las personas, ya que siendo la mujer la base de la familia como fundamento de la sociedad, este proceso de transformación está llevando a la desaparición de las virtudes originarias de la mujer, de su entrega y de su espíritu de sacrificio, valores que hoy han venido a considerarse simples manifestaciones de la opresión a la que le sujeta el varón.

En el curso de esta auténtica revolución en virtud de la cual cualquier mujer que se precie no tiene más remedio que oponerse al varón, de modo paralelo a como el obrero no tenía más remedio que oponerse al patrono, enfrentamiento este último hoy considerado ya menos efectivo, se está procediendo ahora a remplazar todos los valores morales que desde siempre la tradición había atribuido a la mujer, por un verdadero culto a su independencia.

Empieza a inculcarse en ella el desprecio o incluso el odio al varón, el afán de protagonismo y la huida del servicio a los demás, todo lo cual paradójicamente ha reducido su fortaleza y ha aumentado su vulnerabilidad. Porque hay que reconocer que esta revolución, no sólo es que ha privado a la mujer de la ayuda del varón, que en la actualidad está desmoralizado, sino que al tiempo le está obligando a ella a asumir responsabilidades excesivas en perjuicio de su labor propia, todo lo cual conlleva la desaparición de todo lo que la mujer ha aportado desde siempre a la cultura y a la vida en sociedad.

Por último y como prueba complementaria de cuanto se ha dicho hasta ahora, bastaría ver las imágenes de las mujeres que protagonizan las manifestaciones feministas, para acabar de comprender que el socialismo está tirando por la borda la poca dignidad pública que quedaba en España, tras haberla ido dilapidando poco a poco en un proceso de reformas políticas que no han hecho otra cosa que ir desguazando el Estado.

El radical feminismo, que demás se está volviendo obsceno y procaz hasta la náusea, está siendo la herramienta privilegiada para ese desguace y sus principales ataques se están arbitrando a través de la negación del Estado de Derecho. Pero como sentencia Ratzinger un pueblo sin un orden jurídico común no puede vivir. Se destruye en la anarquía que es la parodia de la libertad: poner la propia vida al margen del derecho indica ausencia de libertad.

La mujer, que pese a todo ha caído en la trampa, considera que todas esas medidas del radical-feminismo son necesarias porque son compensaciones a su secular sometimiento al varón y por tanto sigue entusiasmada votando repetidamente al socialismo esperando que todas esas medidas acaben por configurar una nueva sociedad, esta vez por fin igualitaria.

Sin embargo la igualdad, como enseña el filósofo Leonardo Polo, es algo exclusivamente mental nunca real y por ello sólo se aplica a objetos pensados, lo que hace que por sí sola no pueda ser tenida en cuenta para la ordenación de la sociedad. Y así es como, para oprobio y vergüenza del constitucionalismo y en nombre de esa igualdad mental e ideológica, se ha vulnerado hasta el derecho a la presunción de inocencia constitucionalmente reconocido, algo que los tribunales de justicia, vergonzosamente, han aceptado sin pestañear.

De todos modos, igual que los obreros pensaban que la desaparición de los patronos iba a traer la sociedad igualitaria, y no solamente es que no fue así, sino que dicha meta igualitaria vino a desembocar en una dictadura empobrecedora, del mismo modo, pero aún más radicalmente, el poder atribuido al radical-feminismo conducirá inexorablemente a la ruina económica, social y política que está siendo anunciada ya por el invierno demográfico, que está además sirviendo de señuelo a la inmigración masiva que, como ha ocurrido siempre a lo largo de la historia, no viene sino a ocupar el espacio que deja libre una sociedad descuartizada y en manifiesta descomposición.

Javier Montero Casado de Amezúa (ÑTV España)