Resulta que la “revolución verde” de la Agenda 20/30 iba a salvar al planeta. Iba a llenarnos de energía limpia, de aire puro, de pajaritos cantando en las placas solares… pero la realidad es que, mientras talan olivos productivos y expolian tierras fértiles, lo que de verdad nos llenan es de humo. Y no precisamente el de las chimeneas.
Porque aquí la “transición energética” se ha convertido en un espectáculo digno de Broadway: luces, promesas y… ¡telón! Cuando llega la hora de encender la luz, sorpresa: apagón. Y mientras tanto, los campos que daban aceite y trabajo quedan sepultados bajo paneles solares importados de la otra punta del mundo y molinillos que, curiosamente, sólo giran cuando el viento se acuerda de ellos.
Pero lo mejor es la narrativa oficial: “Invertimos en el futuro”. Sí, en un futuro donde el único empleo estable será el de asesor ministerial, donde los agricultores pasan a ser “gestores de sombra” (porque sus olivos ya no dan ni para sombra), y donde la clase media financia a golpe de factura eléctrica una red clientelar de apesebrados sin espíritu emprendedor.
¿Planificación? Ninguna. ¿Generación de empleo sostenible? Solo en los ministerios y ONGs amigas. Aquí lo único que se “sostiene” es el relato, mientras sectores enteros de la iniciativa privada son arrasados como si fueran maleza. Porque, claro, ¿quién necesita olivos cuando puedes tener una macroplanta fotovoltaica para Instagram?
En resumen, hemos cambiado la luz de los olivos por la sombra de la incompetencia, y el aceite de oliva por el aceite de motor que necesitan los generadores cuando el “verde” no llega. Todo muy sostenible… para ellos. Para el resto, bienvenidos a la era de los apagones y la factura infinita.
Salva Cerezo