Malos tiempos para el Ministerio de Hacienda. Aunque, siendo sinceros, ¿alguna vez fueron buenos? Desde que la institución existe, lleva tatuado en la frente el famoso refrán: “Donde hay patrón, no manda marinero”, aunque en este caso el patrón parece más un corsario con bandera de colores cambiantes según toque gobernar.
Ahora que los vientos traen nombres como Monteros y Montoros, uno no puede evitar pensar si Hacienda es ese órgano técnico e impoluto que nos vendieron en la Constitución… o una especie de club privado de extorsión fiscal, abierto 24/7 para premiar amigos y ajustar cuentas con enemigos.
Por un lado, tenemos a Monteros, a quien acusa la IAREF de dejación de funciones, mientras prepara su liderazgo del PSOE de Andalucía. Y por el otro, al ya legendario Montoro, famoso por recordarnos que “Hacienda somos todos”… aunque, al parecer, “todos” solo incluía a los que no dirigían editoriales críticas con su gestión. Porque a estos últimos, casualmente, se les caían inspecciones como churros de feria.
La pregunta es inevitable: ¿es el poder en Hacienda como el anillo de Sauron? ¿Corrompe al más íntegro de los técnicos hasta convertirlo en un recaudador medieval con látigo y sonrisa? O quizá simplemente atrae a quienes ya venían corruptos de casa, pero necesitaban una ventanilla para despachar chantajes con sello oficial.
En cualquier caso, lo grave no es que Montoros y Monteros existan. Lo grave es que, tras ellos, vendrán otros con idéntica ambición y distinto color de partido, dispuestos a usar Hacienda como un AR-15 para disparar multas y embargos a discreción. Eso sí, siempre en nombre del bien común y la justicia fiscal.
Mientras tanto, el ciudadano medio sigue creyendo ingenuamente que Hacienda sirve para pagar hospitales y colegios. Pero la realidad es más cercana a un cortijo donde se decide quién pasa por caja y quién se libra, dependiendo de si ríe las gracias del amo en la Moncloa.
Ojalá algún día se escarmiente a estos malhechores que convierten los ministerios en fortalezas feudales, donde lo público se usa como garrote privado. Pero mucho me temo que, para cuando eso ocurra, ya estaremos pagando el IVA del aire que respiramos.
Porque, amigos, entre Monteros y Montoros anda el juego… y nosotros siempre seremos los peones.
Salva Cerezo