Dicen en Davos, ese balneario alpino donde los problemas del mundo se analizan con calefacción, canapé y gráficos en PowerPoint, que España puede estallar. Y claro, aquí, que llevamos años escuchando crujir las vigas del edificio, solo podemos responder con el viejo y sabio refrán: «éramos pocos y parió la abuela».
Porque cuando uno pensaba que ya no cabía un despropósito más en la agenda nacional, aparece Davos para avisarnos del incendio… cuando llevamos tiempo oliendo a chamusquina. Eso sí, ellos hablan de presión del sistema de pensiones y escasez de talento cualificado, conceptos muy elegantes, muy de foro internacional. El ciudadano de a pie, en cambio, lo traduce de forma más castiza: torpeza, corrupción y un apetito de poder que no cabe en Moncloa.
Mientras tanto, el presidente, ese “Presidente español” que a veces parece más ausente que el espíritu crítico en un mitin, se deja ver por la zona cero del descarrilamiento ferroviario, no tanto para preguntar qué ha fallado, sino para comprobar que las cámaras estén bien alineadas. Porque aquí los trenes no descarrilan, se descarrila la gestión. Lo demás es puro efecto secundario.
Nos dicen que estos sucesos son accidentes. Error.
Un accidente es un charco. Lo nuestro es una gotera crónica.
Años de avisos ignorados, informes guardados en cajones y cargos repartidos como cromos acaban, inevitablemente, en vías mal mantenidas y responsabilidades que nunca llegan a destino.
Davos también señala que uno de los grandes riesgos de España es la polarización política y social.
Y no les falta razón. Hemos conseguido dividirlo todo, ideas, familias, tertulias… hasta el sentido común. Aquí ya no se debate, se trincha. No se gobierna, se resiste. Y en medio, un país que vive del turismo intentando vender sol y sonrisas mientras por debajo hierven la indignación y el hartazgo.
Mal panorama para FITUR, sí, cuesta vender estabilidad cuando el escaparate vibra.
Así que ahí estamos: con pensiones tensionadas, talento que hace las maletas, trenes que se salen de la vía y un gobierno que insiste en que todo va como un reloj… aunque marque siempre la hora que más le conviene.
Éramos pocos.
Y sí, parió la abuela.
Pero tranquilos, que seguro que alguien hará un comité, una comisión… o un tuit.
Porque si algo funciona en este país, no son las infraestructuras.
Es la capacidad infinita de normalizar lo inaceptable.
Salva Cerezo