Ayer, 8 de diciembre, celebramos el Día de la Inmaculada Concepción. O mejor dicho, celebramos el puente, que es la única fe que todavía une a todos los españoles sin discusión alguna. La devoción puede variar, la historia puede ignorarse, pero el calendario laboral se respeta con fervor casi místico.
Para quien no lo sepa, y hoy casi nadie lo sabe ni parece importarle, la Inmaculada fue protagonista de la batalla de Empel en 1585. Un ejército español hambriento, helado y acorralado, un enemigo seguro de la victoria y una imagen encontrada en una tablilla. Milagro, victoria imposible y una frase que hoy sería censurada por exceso de testosterona histórica: “Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra”. Desde entonces, la Inmaculada es patrona de la Infantería. Pero tranquilos, nadie se sentirá ofendido porque esto ya casi no se cuenta.
La ironía es deliciosa, ya que estamos, celebramos una festividad religiosa sin saber por qué, ni querer saberlo, mientras nos incomoda profundamente que nos recuerden su origen. Queremos el día libre, pero sin contexto. La tradición, siempre que venga descafeinada, sin símbolos y con horario flexible.
El día 6 celebramos la Constitución. Bueno, celebramos otro día libre. Porque la Constitución, esa señora mayor del 78, ya no está de moda. Algunos quieren derribarla porque “es antigua”, otros la reforman a golpe de decreto mientras aseguran protegerla. Es como decir que amas a tu abuela mientras le cambias los muebles de sitio cada semana y le alquilas la habitación sin preguntarle.
Entre tanto, la Inmaculada molesta a los aconfesionales, la Constitución incomoda a los que quieren otra hecha a medida, y la Unión Europea nos recomienda no decir “Feliz Navidad”, no vaya a ser que alguien se traumatice al oír una palabra con dos mil años de antigüedad. Mejor “Felices Fiestas”: neutro, blando, inofensivo y vacío, como un manual de instrucciones sin electrodoméstico.
Eso sí, curiosamente, no pasa nada con otras celebraciones religiosas, como las musulmanas. Ahí la tolerancia se vuelve repentinamente elástica y ejemplar. Tradiciones ajenas, enriquecen. Tradiciones propias, ofenden. Un prodigio sociológico digno de estudio.
Cada vez resulta más difícil no pensar que existe una especie de cruzada inversa para borrar símbolos, diluir la historia y convertir las fiestas en simples espacios vacacionales sin alma, sin raíces y, a ser posible, sin memoria. Todo muy moderno, muy aséptico y muy conveniente.
Y aun así, absolutamente todos, creyentes, ateos, constitucionalistas indignados y revolucionarios de sofá, celebrarán el puente, la Navidad, la Semana Santa y lo que haga falta. Eso sí, sin saber por qué, sin recordar de dónde viene y sin admitir que, nos guste o no, esas tradiciones son los hilos invisibles que todavía nos mantienen unidos.
Porque al final, aquí nadie cree en nada…
salvo en los días festivos.
Salva Cerezo