España es un país peculiar, cuando el incendio aprieta, siempre aparece un Julio Iglesias dispuesto a distraer al público mientras arde el bosque. Antes fue Plácido Domingo, luego Adolfo Suárez. resucitado políticamente cuando convino, después Nacho Cano… y ahora, cómo no, don Julio, el truhán confeso, el señor sin complejos, el icono que nunca fingió ser monje cartujo.
Porque si algo no se le puede reprochar a Julio Iglesias es falta de coherencia. Lo cantó hace décadas: “Soy un truhán, soy un señor”. Avisó. No engañó a nadie. Vivió como vivió, con fama, dinero y excentricidades de catálogo. Pero de pronto, como por arte de magia política, alguien ha decidido que toca derribar al ídolo.
Y cuando se decide eso, no hay presunción de inocencia que valga, la izquierda española ha salido en bloque, a una, sin matices, sin dudas, sin ese garantismo exquisito que suele exigirse cuando el acusado es “de los nuestros”.
Eso sí, el silencio es atronador cuando miramos hacia Irán. Allí, los ayatolás siguen apaleando, encarcelando y asesinando mujeres por no cubrirse el cabello como dicta la teocracia. Pero curiosamente, esa crueldad no genera la misma indignación colectiva ni editoriales inflamados.
Debe de ser que denunciar dictaduras reales no da tantos réditos como ajustar cuentas con cantantes retirados.
Mientras tanto, y aquí viene el truco de magia, pasan cosas importantes. Muy importantes. Pero no salen en la portada.
Por ejemplo, los 1.400 cambios normativos que han sufrido los comercios en España. Sí, habéis leído bien: 3,8 normas nuevas al día. Una lluvia constante de burocracia que no crea productividad, no fomenta la competencia y no moderniza nada. Solo asfixia. Especialmente a las pymes, esos pequeños comercios que, paradójicamente, son los que están sosteniendo el país mientras se les pone la zancadilla normativa con sonrisa institucional.
Pero de eso no se habla. No vaya a ser que el foco se desvíe de Julio Iglesias, posible víctima de una vendetta de caprichosos millonarios.
Y para rematar la faena, aparece el director de la DGT, Pere Navarro, recomendando algo tan sencillo como prohibir ir en coche a las ciudades. Da igual si es eléctrico, híbrido o impulsado por buenas intenciones. Mejor transporte público, taxis, Uber o Cabify. Es decir, no seas propietario, sé usuario. No decidas, obedece. No te muevas libremente, planifica según el permiso del día.
Todo muy moderno. Muy sostenible. Muy europeo.
Pero siempre con el mismo patrón, limitar al ciudadano común mientras se le entretiene con escándalos de famosos.
Así que ahí lo tenemos a Julio Iglesias convertido en comodín político, en cortina de humo, en distracción masiva. El truco es viejo, pero sigue funcionando. Pan y circo, versión siglo XXI, con menos pan, más circo… y el circo, eso sí, bien amplificado.
Porque mientras discutimos si el truhán fue más señor o más mito, nadie habla de quién está cerrando la persiana del pequeño comercio.
Y cuando eso pase, ya no quedará ni canción para tararear.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 17/01/2026

Etiquetado en:

,