Quién nos iba a decir que en pleno siglo XXI la mayor tendencia urbana sería huir de la urbe como alma que lleva el diablo. Tras décadas rindiendo culto a la “ciudad que nunca duerme” (ni deja dormir), ahora resulta que el sueño de muchos es no oír ni a un vecino tosiendo.
Las ventajas de vivir lejos de los núcleos urbanos se venden como si fueran el nuevo elixir de la felicidad:
Aire puro (tan puro que los pulmones urbanitas lo rechazan al principio como algo sospechoso).
Silencio absoluto (salvo por algún gallo o campana que, curiosamente, nadie denuncia en Change.org).
Viviendas con metros cuadrados reales y no “útiles” como en la ciudad, donde un piso de 40 m² incluye hasta el espacio entre las paredes.
Y la estrella del pack, la sensación de haber escapado del apocalipsis de los atascos y del precio del café a 3 euros en la terraza de moda.
Pero no todo es Instagrammable. Ahí llegan los inconvenientes:
Internet que funciona tan lento que recuerdas con nostalgia el sonido del módem de los 90.
Un centro de salud a 20 km… siempre que no haya niebla, cabras cruzando la carretera o el médico de guardia de baja porque también vive en el pueblo.
La famosa frase “no hay de nada”: no hay Zara, no hay cines, no hay Uber… pero, oye, hay tranquilidad (y algún bar conmenú a 10 euros que vale oro), aunque los prostíbulos sean sustituidos por los pajares de antaño que no afectan al bolsillo, pero estimulan la imaginación.
Ahora bien, ¿es esto el resurgir de la España vaciada o simplemente el efecto colateral de urbanitas hastiados que, con el teletrabajo, quieren su chalet con huerto para cultivar tomates que no sobrevivirán al primer verano?
Los políticos, claro, se llenan la boca con la “Agenda 2030” y planes para repoblar pueblos… aunque lo más que han hecho es anunciar fibra óptica en lugares donde no hay ni fibra moral.
Eso sí, en época electoral, todos recuerdan a los pueblos, ¡votos frescos y agradecidos a cambio de una rotonda y un par de farolas LED!
Quizá estemos ante una oportunidad histórica: dejar que la España vaciada no solo se llene, sino que se llene con cabeza. Porque de nada servirá mandar hordas de urbanitas con aspiraciones de granjeros influencer si no hay servicios, ni trabajo, ni infraestructura.
Y de eso… mejor hablamos otro día, que aquí en el pueblo la cobertura está empezando a fallar.
Salva Cerezo