La charla se titulaba “La guerra que perdimos todos” y estaba prevista como un encuentro literario entre Arturo Pérez-Reverte y otros autores para reflexionar sobre la Guerra Civil española desde una perspectiva amplia, crítica y nada complaciente. No llegó a celebrarse. Fue suspendida tras amenazas procedentes de la ultraizquierda. No es una opinión, es un hecho.
Que en la España de 2026 se cancele una charla por miedo debería encender todas las alarmas democráticas. Pero no lo hizo. El silencio fue casi unánime. Quizá porque el señalamiento venía “del lado correcto”.
Arturo Pérez-Reverte no es un provocador amateur ni un tertuliano de trinchera. Es uno de los escritores españoles más leídos y traducidos, un autor incómodo precisamente porque se niega a bendecir relatos oficiales. Lleva años repitiendo una idea simple y devastadora, y esta es que la Guerra Civil no fue una epopeya moral, fue una catástrofe colectiva. Y eso molesta. Mucho.
El otro nombre que aparece en esta historia es el de David Uclés, autor de La península de las casas vacías, una novela potente, poética y dolorosa sobre la guerra. Su negativa a participar en el acto no es censurable en sí misma, nadie está obligado a compartir mesa con nadie, pero sí resulta significativa en el contexto actual, escritores que reclaman complejidad literaria mientras evitan el contraste intelectual.
La paradoja es evidente, se defiende la memoria histórica, pero se huye del debate histórico. Se reivindica la cultura, pero se cancela la palabra. Se combate el autoritarismo… utilizando la amenaza.
Aquí entra el tercer actor, aunque no tenga rostro concreto, la ultraizquierda identitaria, esa que ha sustituido el pensamiento crítico por el dogma, y el diálogo por el veto. No quiere discutir la historia, quiere poseerla. Decide quién puede hablar, desde dónde y con qué enfoque. Y quien se sale del guion es etiquetado, intimidado o expulsado del espacio público.
Este clima no surge por generación espontánea. Ha sido alimentado desde la política. Pedro Sánchez ha convertido la polarización en herramienta de gobierno, dividir para resistir. Mientras más enfrentada esté la sociedad, más difícil resulta articular una alternativa común. Y en ese escenario, los extremos campan a sus anchas, marcando los límites de lo decible.
El Gobierno pacta con Podemos, que jamás ha ocultado su visión maniquea de la historia, y con Junts, que practica un nacionalismo excluyente desde el otro extremo ideológico. Izquierda radical y derecha identitaria unidas no por ideas compartidas, sino por un objetivo común, mantener débil al Estado mientras extraen rédito político. Frankenstein institucional en estado puro.
El resultado es una sociedad anestesiada. Una parte vive del relato; otra del presupuesto; y una mayoría calla. Calla por cansancio, por miedo o por puro hartazgo. Porque discrepar tiene coste. Porque levantar la voz supone exponerse al linchamiento moral.
Lo más inquietante no es que se amenace a un escritor como Pérez-Reverte. Es que se haya normalizado. Que muchos miren hacia otro lado porque “no es de los nuestros”. Así muere la libertad, no con un golpe, sino con aplausos selectivos.
La democracia no se mide por permitir solo las ideas que nos gustan, sino por tolerar las que nos incomodan. Y hoy en España, incomoda decir que la Guerra Civil fue una derrota moral de todos.
Incomoda cuestionar relatos oficiales. Incomoda pedir matices.
Por eso se cancelan charlas.
Por eso se señalan autores.
Por eso la cultura vuelve a ser un campo de minas.
La guerra que perdimos no fue solo la de 1936.
Es la que seguimos perdiendo ahora, cuando aceptamos que una amenaza vale más que una palabra y que el miedo decide quién puede pensar en voz alta.
Y mientras los extremos sigan marcando el paso, con la complicidad de una política que vive de la división, seguiremos atrapados en la misma trinchera, repitiendo una guerra que juramos no volver a librar.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 01/02/2026

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