Decía el psicólogo social alemán Erich Fromm en El arte de amar que para la mayoría de los seres humanos el problema fundamental era ser amados y que para alcanzar ese objetivo unos orientaban sus esfuerzos a ser ricos y poderosos, otros se afanaban en el cuidado de su cuerpo para resultar atractivos físicamente y, finalmente, otros buscaban ser interesantes mediante el cuidado de sus modales y el desarrollo de sus capacidades dialécticas.

Particularmente entiendo que el ser humano limita la esfera del amor a la familia y los amigos, mientras que a nivel social lo que principalmente busca es el reconocimiento, esto es, la valoración positiva de sus cualidades y capacidades, con el objetivo de ser aceptados en el seno de la comunidad e incluso alcanzar cierto prestigio social, ya que ello no hace otra cosa que aumentar la autoestima y el grado de satisfacción consigo mismo.

Resulta evidente que Pedro Sánchez ha intentado ser poderoso, rico, atractivo e interesante, pero, a pesar de haberlo conseguido en alguna medida, lo cierto es que no acaba de ser ni aceptado ni respetado por una mayoría de españoles que lo perciben como el rostro de la maldad en estado puro.

De ahí los silbidos, abucheos e incluso insultos que recibe por parte de los asistentes a sus actos públicos, de ahí que de un tiempo a esta parte busque afanosamente un auditorio cuidadosamente seleccionado para protegerse del rechazo popular; de ahí que en sus apariciones públicas establezca una distancia de seguridad cada vez más grande entre su persona y la concurrencia y de ahí que utilice al rey cada vez con más frecuencia como escudo protector en sus apariciones públicas.

Obviamente, siendo P. Sánchez un narcisista patológico de libro, esta sentimiento de repulsa que, más allá de discrepancias ideológicas, provoca su persona en el común de los mortales no hace otra cosa que retroalimentar su naturaleza psicopática y su predisposición al mal.

De hecho, ya desde el comienzo de su carrera política su porte y modales vanidosamente arrogantes, así como un discurso desmesuradamente agresivo con la oposición y empalagosamente servil con sus socios parlamentarios provocaron que la ciudadanía, en unos casos de forma consciente y en otros de manera subliminal, percibiera a P. Sánchez como un político carente de carisma y sin la fiabilidad requerida para dirigir un proyecto de envergadura, dándose por ello la circunstancia de que bajo su liderazgo el PSOE haya obtenido sistemáticamente los peores resultados electorales de su historia.

Esta desconfianza de la ciudadanía fue en aumento hasta convertirse en franca aversión en las filas de la oposición y patética resignación en los ideológicamente afines, fundamentalmente debido a que P. Sánchez, movido por su patológica ambición de poder, enarboló sin escrúpulo alguno el “discurso de la mentira”.

En consecuencia, tras las elecciones generales de 2019 P. Sánchez pactó con Podemos para la formación de un Gobierno de coalición a pesar de que, como previamente había manifestado, los comunistas con Pablo Iglesias a la cabeza le causaban tal grado de desasosiego que le resultaba inconcebible tenerlos como socios de Gobierno.

No obstante, no habría de ser éste el único engaño postelectoral del psicópata monclovita, ya que, necesitado como estaba de más apoyos parlamentarios para ser investido presidente debido a sus paupérrimos resultados electorales, P. Sánchez no dudó en faltar de nuevo a su palabra, entregándose en cuerpo y alma a los independentistas vascos y catalanes, y fue en ese preciso instante cuando comenzó su tenebrosa, indecente e irrefrenable historia de amor con el terrorismo.

Así, con el objetivo de contar de manera estable con el apoyo del entramado abertzale, P. Sánchez se dedicó la pasada legislatura con inusitado ahínco a blanquear a la banda terrorista ETA y a rehabilitar a su brazo político Bildu, llegando al ignominioso extremo de definir como “hombre de paz” a un terrorista confeso y convicto como Arnaldo Otegi, el cual, para más inri, jamás ha dado la menor muestra de arrepentimiento por los crímenes cometidos.

No debe por tanto extrañar a nadie que ya desde el comienzo de esta legislatura se hayan estrechado aún más los lazos amorosos entre socialistas y filoterroristas. De hecho, en consonancia con su afinidad política, ya desde el día después de las elecciones generales de 2023 A. Otegi manifestó su total apoyo a la investidura de P. Sánchez debido a los acuerdos alcanzados entre PSOE y Bildu, si bien el contenido del pacto suscrito entre ambas formaciones políticas jamás se ha hecho público, lo cual explica que sea desconocido por el conjunto de la ciudadanía. De hecho, la opacidad que rodea a la relación entre el PSOE y Bildu permite pensar que en el fondo de la trama subyace la futura celebración en el País Vasco de un referéndum de autodeterminación anticonstitucional que de cauce a las ilegítimas aspiraciones secesionistas del filoterrorismo etarra.

Con ser todo ello de suma gravedad, la cosa no paró ahí y P. Sánchez exportó a Cataluña su idilio con el terrorismo. Así, como consecuencia de su pacto con Carles Puigdemont, el grupo parlamentario socialista presentó en el Congreso una proposición de ley de amnistía que no solo supone la eliminación del delito cometido por los líderes políticos implicados en la intentona golpista llevada a cabo en Cataluña del 1-O de 2017, sino que también incluye la eliminación de los delitos por actos terroristas perpetrados por parte de los integrantes de los Comités de Defensa de la República y Tsunami Democrático, demostrándose así que la defensa del terrorismo “es cosa de Sánchez”.

No obstante, el ámbito nacional parece ser que se le ha quedado pequeño a P. Sánchez, de tal forma que ha trasladado allende nuestras fronteras su inefable cordialidad con el terrorismo. Así, el pasado 7 de octubre el grupo terrorista palestino Hamas llevo a cabo en Israel una masacre cuidadosamente preparada, donde torturaron y asesinaron a más de 1.200 personas, entre las que se encontraban hombres, mujeres y niños, siendo a su vez secuestradas otras 200 personas más. Como era esperable, inmediatamente se produjo la reacción militar de Israel con la finalidad de acabar con el grupo terrorista.

Pues bien, en este escenario, durante una visita protocolaria a Israel a P. Sánchez no se le ocurrió mejor idea que posicionarse del lado de Hamas, criticando los métodos empleados por el ejercito de Israel en su lucha por acabar con el terrorismo islámico en la franja de Gaza, aduciendo que como consecuencia de la ofensiva israelí habían muerto numerosos civiles gazatíes, sin reparar tan siquiera en que Hamas no solo usa a la población civil como escudos humanos, poniendo por tanto voluntariamente en peligro su vida, sino que también utiliza instituciones civiles, como hospitales o colegios, con fines militares.

Las palabras de P. Sánchez causaron, como es lógico, una enorme indignación en el seno de la comunidad judía, de tal forma que el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, calificó de vergonzoso el apoyo de P. Sánchez al terrorismo palestino, señalando además que en la escala de valores del actual presidente español impera un relativismo moral que le lleva a aceptar la violación sistemática de los derechos humanos y con especial intensidad los de las mujeres.

En consecuencia, Israel decidió romper sus relaciones diplomáticas con España, señalando asimismo que no olvidarían jamás el apoyo prestado por el Gobierno socialcomunista a la organización terrorista Hamas. Obviamente muy distinta fue la postura sostenida por los líderes de Hamas, los cuales elogiaron el discurso de P. Sánchez, llegando incluso a proponerle liderar un movimiento internacional contra Israel.

En cualquier caso, como resulta evidente que todo lo que hace y dice P. Sánchez es exclusivamente en beneficio propio, solo cabe pensar que su apoyo a Hamas tiene como principal objetivo no solucionar el conflicto palestino-israelí ya que no está capacitado para ello, sino captar el voto de la creciente población musulmana en tierras españolas.

En definitiva, P. Sánchez pretendía pasar a la historia como el político que había conseguido exhumar el cadáver de Francisco Franco del Valle de los Caídos. Sin embargo, más que por la ruin y mezquina profanación de tumbas, P. Sánchez será recordado por las futuras generaciones como el político que fue capaz de traicionar a su patria a cambio de un puñado de votos procedentes de las filas del terrorismo fanáticamente antiespañol, razón por la cual la historia le condenará.

Rafael García Alonso (ÑTV España)