Dicen que gobernar es prever, pero aquí se ha optado por una versión más castiza y destructiva del “si yo no sigo, que no funcione nada”. Porque cuando uno observa el estado general del país, la sensación no es de decadencia accidental, sino de abandono con premeditación y alevosía.
España hoy se parece a ese piso alquilado por alguien que sabe que se va mañana, bombillas fundidas, grifos goteando y, por supuesto, una pared arrancada “porque total, ya no es mío”. El problema es que el piso es de todos.
El frenazo del AVE a La Meca, uno de los orgullos exportables de la ingeniería española, no es un detalle menor. Es una alarma internacional. Cuando fuera empiezan a desconfiar, ya no hablamos de propaganda política, sino de reputación de país. El accidente de Adamuz no solo descarriló un tren; descarriló la credibilidad. Y sin credibilidad, los contratos se congelan, los inversores se van y las vitrinas de “marca España” se llenan de polvo.
Mientras tanto, en casa, la escena es digna de una tragicomedia ferroviaria, trenes medio vacíos, usuarios con más fe que certezas, maquinistas en huelga pidiendo algo tan extravagante como seguridad para conducir, y un ministerio más pendiente del tuit ingenioso que del tornillo flojo.
Porque aquí se gobierna mucho desde el móvil y poco desde el manual técnico.
No hay sector institucional que se salve. Todo chirría. Todo está cogido con alfileres. Y lo más inquietante no es el presente, que ya es bastante, sino la herencia envenenada que se deja al siguiente.
Una herencia que recuerda a ese viejo refrán, tan gráfico como indecente: “para lo que me queda en el convento…”. O, en versión moderna, al okupa despechado que, al ser desalojado, arranca los enchufes, rompe las puertas y deja el baño inutilizable. No por necesidad, sino por rencor.
Así, el próximo gobierno no heredará un país, heredará un desaguisado. Tendrá que hacer malabares con trenes averiados, contratos dañados, instituciones desacreditadas y una ciudadanía cansada, por no hablar de una deuda pública indecente. Y mientras intenta arreglar el destrozo, será acusado, cómo no, de no hacerlo suficientemente rápido.
Pero no pasa nada. Siempre quedará el consuelo de poder decir:
—La culpa es del que vino después.
Una estrategia infalible… salvo para el país.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 25/01/2026

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