Asistimos estos días a la polémica provocada por la decisión adoptada por el gobierno municipal de Jumilla (Murcia), prohibiendo el uso de instalaciones deportivas para actos o eventos ajenos del todo a la práctica deportiva.

Por supuesto, muchos -los papanatas de siempre-, incluidos algunos representantes de la iglesia católica -que mejor estarían calladitos-, en un gesto más de autoinmolación, se han rasgado las vestiduras y se han escandalizado por no permitir a los musulmanes celebrar una concentración religiosa en el campo de fútbol de la localidad murciana.

Creo, y lo he creído siempre, que las instalaciones deportivas, especialmente las de titularidad pública, deben de estar, en exclusiva, dedicadas a la práctica de las especialidades deportivas para las que fueron concebidas y no para conciertos, mítines políticos, ni actos religiosos.

Además de eso, habría que considerar el hecho de la reciprocidad. De sobra sabemos -por cierto, es lo más lógico- que el no discriminar a nadie por razón de creencias religiosas es un precepto constitucional de obligado cumplimiento; sin embargo, nada dice la Constitución de tener que ceder cualquier tipo de instalación para la práctica religiosa, incluida la católica que es la mayoritaria.

Sin embargo, la pregunta surge de inmediato. ¿Cederían una instalación pública en un país musulmán para la celebración de una misa católica? Por supuesto, no sólo no la cederían, sino que lo más probable es que, caso de autorizarse, generase un grave conflicto de orden público de consecuencias difícilmente previsibles.

No hay más que ver lo que sucede en determinados países de ese ámbito cultural-religioso para comprobar que, no solo no se autoriza la libre práctica religiosa, como sucede en España, sino que hacerlo te puede llegar a costar la vida.

De todas formas, lo más preocupante es ese afán miserable de algunos y algunas de poner el grito en el cielo a todo aquel que no comulgue con sus ideas. Esos mismos que no levantan la voz y claman justicia cuando se coloca una bomba en una iglesia cristiana, que se lleva por delante de la vida de muchos fieles, mujeres y niños incluidos, y que, sin embargo, arremeten, sin piedad, contra cualquiera que no se ajuste al guion oficialista dictado por esa maldita masonería internacional que es la que gobierna España desde las sombras.

Tampoco sé de nadie de esa siniestra miserable y estúpida, llena de rencorosas contradicciones, que levante la voz para exigir que la Cruz del Valle de los Caídos, por respeto a los creyentes, no sea demolida por ser la imagen de una creencia religiosa a la que somos fieles la mayoría de los españoles.

En la misma medida, tampoco conozco a nadie de esas sectas izquierdosas que ponga en entredicho a sus correligionarios cuando, como en el caso de aquella miserable podemita que asaltaba iglesias y capillas hasta que un día se acojonó al tener que sentarse en un banquillo, por ofender a los creyentes.

No deberíamos olvidar -alguna prensa lo ha destacado estos días- que la mismísima “picotuda”, la de los modelitos, siendo concejala de izquierda unida del Ayuntamiento de Ferrol, prohibió, expresamente, que el Pregón de la Semana Santa, uno de los actos más señeros y populares que se celebran en la ciudad departamental, tuviese como escenario el teatro Jofre, aduciendo que el recinto se dedicaba a la divulgación de la cultura y, en especial, a la cultura gallega.

Sin embargo, ahora, esta misma tipa se rasga las vestiduras y exige la reparación del daño producido en Jumilla, porque allí deciden, con plena libertad y consecuencia, que los campos de fútbol son para eso, para jugar al balompié, le guste o no a la de los modelitos o a la otra estúpida de los pendientes. La puta ley del embudo que tan bien saben practicar estos miserables de la izquierda y la ultraizquierda.

Por tanto, ella puede prohibir, por tratarse de un acto católico, el uso de un teatro, aunque se trate de un acto de marcado cariz cultural; y, sin embargo, otros, tienen que permitir que en un campo de fútbol se organice un acto religioso, simplemente porque es musulmán.

Son las malditas incongruencias de la izquierda sectaria; esa misma cuyos representantes se manifestaban estos días en Pontevedra contra la tauromaquia, acusando de asesinos a todos los que gusten de la Fiesta Nacional, por el hecho de que en ella se mata a los toros.

Sin embargo, esa misma gentuza, que desconoce que sin tauromaquia el toro desaparecería, es la que defiende, sin recato alguno, la cultura del aborto en la que, impunemente, se mata, no a un toro, sino que se asesina a un niño; o miran para otro lado cuando los musulmanes matan a cuchillo a los corderos, en una de sus fiestas anuales, pero eso no es maltrato animal, es libertad religiosa.

Y, para terminar, una perla. El otro día alguien me contó que en la UCI de un hospital público se encontraba una familia de apariencia gitana que comentaba que había que votar al tal Sánchez, para que no les quitasen “la vital” y que había que aliarse, para eso, con los “marroquinos” (sic). Apaga y vámonos si hay que aguantar la sistemática corrupción sociata para que, un montón de vagos, vivan de la sopa boba.

Eugenio Fernández Barallobre (ÑTV España)

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 11/08/2025

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