Es curioso cómo funcionan las indignaciones modernas, esas que no nacen del corazón ni de la conciencia, sino del mando a distancia. Hoy se pulsa un botón y millones salen a la calle por Palestina; se pulsa otro y toca hacer trending topic a cualquier líder europeo.
Pero cuando llega la guerra de Ucrania, el entusiasmo se desinfla. Putin invade, Zelensky resiste… y el mundo pasa de la épica a la modorra en tiempo récord. Un par de banderas en los balcones, un par de discursos, y a otra cosa. Como si fuera una serie que perdió audiencia en la segunda temporada.
Pero atención, que llega el nuevo capítulo de la serie, y no es otro que Trump apuntando a Maduro y hablando de Venezuela como su próxima cruzada. Aquí sí veremos a la multitud despertar súbitamente del letargo moral.
Y no por los venezolanos, claro, sino porque la palabra “Trump” activa el resorte automático de la indignación global. Ya verás qué rápido se llenan las calles, los platós y los timelines. Contra Putin, silencio administrativo. Contra Trump, pleno al quince.
Y uno se pregunta: ¿realmente defendemos causas o simplemente obedecemos al guion que nos sirven? Porque las manifestaciones parecen más bien coreografías sincronizadas que movimientos espontáneos. En un conflicto se grita, en el otro se bosteza. En uno se exige justicia, en otro se cambia de canal. ¿Quién mueve los hilos?
Al final, los pueblos no se movilizan por las víctimas, sino por el villano que más conviene demonizar en cada momento. Y así nos va: indignados por capítulos, solidarios por temporadas, y teledirigidos según la señal del día.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 30/11/2025

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