Dicen que los grandes males vienen en frascos pequeños, y Luis Bolaños parece estar decidido a confirmar la regla. Ahí lo tenéis, erguido sobre el pedestal de la impunidad, con mirada desafiante y verbo de púlpito, queriendo moldear el Estado de Derecho como si fuera plastilina de colores. ¡Y todo esto mientras carga con una imputación por malversación que parece no pesarle en absoluto!
Claro, cuando tienes al mismísimo presidente como escudero, cualquier tribunal parece más bien una molestia estética.
Bolaños no camina, desfila. No opina, sentencia. Y no defiende la ley, la reescribe. Porque este pequeño gran legislador de pasillo, con el cabello aparente de haberse peleado con su perro, no se conforma con organizar el caos judicial, sino que quiere sustituir jueces por fiscales dóciles y sumisos, servilletas jurídicas que se pliegan al poder con la facilidad de una nota al pie.
Todo por una justicia “más ágil”, entiéndase, más útil para blindar a los amigos y castigar a los díscolos.
Pero lo más alarmante no es su ambición, que es tan desmedida como su ego, sino el hecho de que esta cruzada podría continuar incluso si un día el color del gobierno se tiñe de otro tono. Porque, seamos honestos, ¿quién querría renunciar al superpoder de controlar la justicia desde el Consejo de Ministros? ¿A quién no le gustaría tener a fiscales amigos que confunden el Código Penal con el argumentario del partido?
Si esta deriva sigue su curso, no necesitaremos golpes de Estado, bastará con un Consejo Fiscal obediente, unos cuantos jueces arrinconados y una ciudadanía entretenida con realities mientras sus derechos son empaquetados con celo gubernamental. Una dictadura de corbata, con sonrisa institucional y votos contados al milímetro.
Por eso, mientras Bolaños juega a ministro plenipotenciario y se envalentona como guardián del “nuevo orden jurídico”, conviene recordar que el verdadero poder judicial no está (o no debería estar) en manos de políticos con causas pendientes. ¡No a Bolaños!. ¡No al enésimo intento de secuestrar nuestras libertades con apariencia de progreso. Y no, por supuesto, a ese “mundo ideal” hecho a medida de quienes solo buscan perpetuarse!
Salva Cerezo