Soy consciente de la sensibilidad del tema que trataré. En la España de hoy, donde una familia de clase media celebra como un hito llegar a fin de mes sin hipotecar el hígado, nos encontramos con una paradoja digna de Kafka: cada MENA, dicen los expertos, supone un gasto que supera el millón de euros. Vamos, lo que ni un premio del Euromillones garantiza, pero convertido en gasto social obligatorio.
Lo irónico es que estos chavales no son refugiados de guerra, no vienen de Alepo ni de Mariúpol, sino que, simplemente, han encontrado la puerta abierta de Europa. Y aquí el Estado, en un acto de altruismo selectivo, decide no devolverlos a sus padres, lo que en cualquier otra circunstancia se llamaría “retención ilegal”. Pero claro, la semántica gubernamental siempre tiene un barniz de corrección política: “protección”, lo llaman.
Mientras tanto, España ostenta el dudoso honor de ser el país con mayor índice de pobreza infantil en la Unión Europea. Sí, en la misma nación donde se nos dice que “no hay dinero” para pensiones, sanidad, trenes o ayudas a familias, mágicamente florece un manantial de recursos para sostener políticas que nadie sabe muy bien quién aprobó ni quién se beneficia realmente de ellas. Bueno, los beneficiados sí se saben: consultoras, ONGs de quita y pon, y algún que otro despacho de abogados especializado en “solidaridad a comisión”.
La ironía alcanza su cumbre cuando los adalides de la generosidad televisiva, siempre dispuestos a dar lecciones de moral en prime time, jamás han adoptado ni a un solo MENA. Eso sí, son rapidísimos en señalar que el resto de los españoles debemos pagar la fiesta. Porque claro, la solidaridad es más bonita cuando la factura se carga a la cuenta del vecino.
Al final, lo que queda es un país asfixiado por la deuda, exprimiendo a su clase media como si fuera una naranja seca, y con un gobierno empeñado en repartir la miseria como si fuera justicia social. Y uno se pregunta: ¿no sería más honesto que quienes presumen de generosidad se hiciesen cargo, en persona y con su propio patrimonio, de aquello que defienden?
Porque, seamos sinceros, es fácil ser solidario con el dinero de los demás. Lo difícil es serlo con el propio. Ahora nos preguntaremos escandalizados: ¿por qué los jóvenes sin acceso a viviendas, desvían su voto a la extrema derecha?
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 07/09/2025

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