(Versión española: ordeñar la vaca mientras se le pasa la factura del veterinario)
En la España actual, el socialismo ha logrado algo extraordinario, vivir del capitalismo mientras se le insulta a diario. Una relación tóxica, pero muy rentable… para quien gobierna.
Aquí no se construye socialismo, se administra la redistribución de lo que otros aún consiguen producir. Porque producir, lo que se dice producir, ya es sospechoso. Emprender es un deporte de riesgo fiscal. Tener beneficios es una falta moral. Y crear empleo, una obligación… siempre que no protestes cuando te lo ponen imposible.
La toma del poder político, esa que sí dominan, se ha confundido con la creación de riqueza. Error clásico. Gobernar no genera PIB, solo decide quién paga la fiesta. Y en España la lista es corta, autónomos, pymes y clase media. Los de siempre. Los que no salen en pancartas pero sí en Hacienda.
Mientras tanto, se legisla contra la iniciativa privada con la misma alegría con la que se inaugura una subvención. Se suben impuestos “a los ricos” sabiendo perfectamente que el rico siempre tiene asesor fiscal y billete de salida, y quien acaba pagando es el que no puede moverse, el pequeño empresario, el profesional liberal, el ahorrador prudente.
Las empresas públicas, esas joyas del “modelo alternativo”, funcionan como refugios de colocación política, no como motores económicos. Consejos de administración inflados, eficiencia raquítica y pérdidas estructurales que, cómo no, se socializan. Porque aquí las ganancias son privadas… pero las pérdidas, siempre patrióticas.
Y cuando la recaudación no alcanza, que nunca alcanza, se recurre al comodín del público,
más deuda, más déficit y más relato. Total, la factura no la paga el ministro, la paga el futuro. Ese futuro al que se apela constantemente mientras se le vacía el bolsillo antes de nacer.
Lo más curioso es que el mismo Gobierno que demoniza al empresario local suplica inversiones extranjeras. Se persigue al autónomo de barrio, pero se pone alfombra roja a multinacionales a las que se les promete estabilidad jurídica… la que aquí ya no existe para el de casa. Socialismo sí, pero con capital extranjero, que no vota.
El resultado es una España subsidiada, donde cada vez más ciudadanos dependen del Estado y cada vez menos lo sostienen. Una pirámide invertida perfecta, muchos esperando y pocos empujando. Y aun así, el discurso insiste en que el problema es que “no se recauda lo suficiente”.
Como se analiza en «El espejismo del poder, la gran mentira de la humanidad», el socialismo no fracasa por falta de buenas intenciones, sino porque confunde igualdad con uniformidad y justicia con castigo al mérito. En España, esa confusión ha dado lugar a una economía frágil, adicta al subsidio y gobernada por una élite que vive exactamente de lo que dice combatir.
Porque el socialismo español no quiere acabar con el capitalismo.
Lo necesita. Lo exprime. Lo culpa.
Y cuando ya no queda nada… siempre encuentra otro culpable.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 27/01/2026

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