España, país de sol, playa… y ahora también de búnkeres. Porque mientras la clase media hace malabares con la cesta de la compra, hay quien invierte 80.000 euritos, que no son nada, hombre, en un agujerito subterráneo con puerta blindada y filtro de aire, no vaya a ser que el Apocalipsis llegue en horario comercial.
El nuevo sueño español ya no es tener un ático con vistas al mar. Es tener un sótano con vistas al fin del mundo. Eso sí, al alcance de unos pocos privilegiados, esos que han aprendido que cuando la política ordeña, ellos venden cubos para recoger la leche.
Y mientras tanto, después del pueril reto de ayer, anunciaba otra aparición a primera hora en el escenario principal, donde apareció Pedro Sánchez con su enésimo discurso soporífero, de esos que no sabes si están dirigidos al país o exclusivamente a los socios que lo mantienen en la Moncloa. Oratoria de salón, aplauso condicionado y mucho “bla, bla, bla” envuelto en épica de PowerPoint.
El problema no es hablar. Es jugar. Jugar a la diplomacia adolescente con asuntos que afectan a 16.000 millones de euros en exportaciones. Jugar a la geopolítica como si fuera una partida de Risk en versión universitaria. Jugar a tensar la cuerda del comercio exterior como si no hubiera trabajadores detrás.
Y por si fuera poco, el clásico argumento del miedo, que si Marruecos, que si estamos solos, que si nadie moverá un dedo por nosotros…
La política convertida en patio de colegio internacional. Y aquí es donde el refrán cobra vida: cuando uno se rodea de dinámicas infantiles, caprichos, alianzas volátiles, pulsos emocionales, acaba levantándose con las consecuencias.
Porque gobernar no es dar discursos a los convencidos. Gobernar no es mirar al espejo esperando aplausos. Gobernar tampoco es alimentar una narrativa permanente de tensión que mantiene al país en estado de sobresalto… mientras los fabricantes de búnkeres hacen el agosto en marzo.
El clima que se respira no es de seguridad, sino de incertidumbre. Y la incertidumbre es el mejor fertilizante para el negocio del miedo.
Lo irónico es que el discurso siempre habla de unidad, progreso y estabilidad… mientras cada movimiento genera justo lo contrario. Y entonces algunos se preguntan si esto es estrategia o simple narcisismo político de manual.
Quizá el verdadero riesgo no venga de fuera. Quizá venga de jugar demasiado tiempo con fuego interno, con bloques enfrentados, con la división como herramienta electoral.
Porque al final, querido lector, la historia nos ha enseñado algo muy simple, los países no se rompen de golpe; se desgastan poco a poco, entre discursos interminables y decisiones tomadas pensando más en la aritmética parlamentaria que en la cohesión nacional.
Y mientras tanto, quien pueda permitírselo, que vaya encargando su búnker.
Los demás… que practiquen la respiración profunda.
Porque como dice el refrán, cuando uno se acuesta con ciertas dinámicas, no debería sorprenderle amanecer mojado.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 05/03/2026

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