Frente a un político y a una política irresponsable lo peor, sin duda, sería una población inerte, dócil y sumisa, reacia a la revuelta, afrontando el desprecio por la sublevación o la ausencia de toda composición moral. Esto último es mero adorno. Se estigmatiza todo lo que no sea la concupiscencia adocenada de una población miserable.

Aquí, en España, en Occidente, en general, los únicos responsables del despropósito de las miserias políticas son sus poblaciones gregarias que, por lo demás, ya han dejado de ser las destinatarias de la política (salvo la de la redistribución de las rentas ya sea en forma de pensión o de trabajo inútil, ya sea renta mínima vital o subsidio) y que defienden con ahínco ‘como derecho’ cuando es arbitrariedad de las masas e indulgencia y derroche del poder.

Y no me refiero solo al desastre de Adamuz, a sus 45 muertos y a la debacle de las consecuencias provocadas. Eso no sería más que la punta de un inmenso iceberg de imposturas. Lo trascendente —en la probidad del análisis sereno que pretendo trazar— sería constatar la profunda desvergüenza de una población que solo sabe y quiere reaccionar ‘emocionalmente’. Ahí no hay apenas humanidad, luego es dudoso que se trate apenas de humanos. El mejor pensamiento íntimo que puedes encontrar en la mayoría de los vivos y de los indiferentes ha sido: «¡menos mal que no me ha tocado!».

No, no te quepa la menor duda y no desvíes la atención. Los únicos responsables son los muertos, los vivos que están haciendo cola y los que pronto serán la carne de cañón de las consecuencias y de los despropósitos de los depredadores que desde las instancias de las instituciones doblegan el destino natural de las cosas.

¿Por qué a la población le apetece estar sojuzgada? Varias hipótesis.

Nadie se siente adherido a una nación, existente o incipiente. El problema no es tanto la desafección hacia España sino la que también se alcanza, por propios y extraños, respecto de Cataluña, Euskadi, Andalucía, Galicia y demás entes territoriales. Nadie, salvo que sea un sectario y un entumecido enfermo mental, se siente identificado con nada.

-Estamos en una situación particular: que se han disuelto definitiva e irreversiblemente todas las estructuras de sujeción de la subjetividad allí donde antes permitían producir el juego de las naciones, de los grupos, del sentido histórico o de la senda del tiempo. Se ha abolido, de golpe, toda la metafísica de la organización clásica de las colectividades y las grandes aspiraciones ontológicas que le iban asociadas.

No solo Dios ha muerto para muchos. Sinceramente, ha desaparecido también toda iglesia, todo credo y, si me apuran, toda religión sustituida todas ellas, punto por punto, por la adscripción de una población transformada en recurso a la realidad virtual y a la inteligencia artificial como culminación de un nuevo proyecto de civilización digital y el imperium total de un mercado digital.

¿No será esta indiferencia hacia el desastre de Adamuz, como a cualquier otro, limitada a una ínfima pulsión emocional, reflejo exacto de los nuevos tiempos que advienen sin indulgencia y como la peste arrasándolo todo?

-Son tiempos tenebrosos donde asola la más pura y estricta soledad agónica, aquella en la que cada miembro que conforma las poblaciones ya no aspira más que a sobrevivir en lo material despreciando todo lo espiritual.

Seguramente todo se deba y sea causa directa de que comamos demasiado bien: satisfecho lo material deviene la miseria espiritual. Siempre, en toda historia, es el perfecto destino de los tiempos de bonanza.

José Sierra Pama (ÑTV España)

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 30/01/2026

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