Si todo lo que ofreciste no fue suficiente, ofrece tu ausencia
“A veces retirarse es el mayor acto de dignidad y respeto hacia uno mismo.”
Mario Benedetti
Dicen que cuando uno ya ha dado todo lo que tenía que dar, cuando ha prometido el oro, el moro y hasta la luna de Valencia, y aun así la cosa no funciona… quizá lo más elegante no sea insistir, sino retirarse.
Pero claro, una cosa es la poesía y otra el BOE.
Porque en política patria, eso de “ofrecer la ausencia” suena casi revolucionario. Aquí se estila más lo de ofrecer una rueda de prensa, un cambio de relato, una reforma exprés o un enemigo nuevo. Retirarse, jamás. Eso es para los románticos.
Si Benedetti levantara la cabeza y mirara el panorama, probablemente añadiría un verso:
“Y si no te quieren, convoca elecciones”.
Pero no. Aquí se prefiere resistir. Resistir es la nueva dignidad. Resistir es el nuevo arte.
La resistencia numantina… pero judicial
Hay quien sostiene que convocar elecciones ahora sería un gesto democrático. Otros, más mal pensados, creemos que no convocarlas es un gesto de supervivencia. No política, sino procesal.
Porque cuando el poder deja de ser poder y empieza a ser escudo, uno comprende que la silla no es un mueble, es un chaleco antibalas institucional.
La frase de Benedetti habla de respeto hacia uno mismo. Pero aquí el respeto parece haberse sustituido por el cálculo. ¿Qué pesa más, la voluntad de una mayoría social visiblemente cansada o el riesgo de que, al bajar del coche oficial, el ruido que se escuche no sea aplauso sino el abrir de sumarios a toda su corte?
Y mientras tanto, el país convertido en una especie de teatro donde todos saben que la obra ha terminado, pero el protagonista sigue en escena porque teme lo que hay tras el telón.
El aplauso que no llega
La ironía es que el desgaste no viene solo de la oposición. Viene de la calle. De votantes desengañados. De socios incómodos. De antiguos aliados que ahora hablan en susurros. Incluso de líderes internacionales que, con diplomática sonrisa, miran hacia otro lado.
Cuando la confianza se evapora, lo que queda es la gestión del tiempo. Ganar meses. Estirar legislaturas como si fueran chicles. Convertir cada crisis en una cortina de humo y cada crítica en una conspiración.
Pero el problema de la resistencia sin entusiasmo es que deja de ser épica y pasa a ser obstinación.
La ausencia como gesto revolucionario
En el fondo, la frase es demoledora porque desmonta la narrativa heroica del “yo soy imprescindible”. Nadie lo es. La democracia no funciona por la eternidad de sus líderes, sino por la renovación de sus mandatos.
Ofrecer la ausencia no es rendirse. Es asumir que el poder no es propiedad privada ni salvavidas personal. Es comprender que gobernar no es resistir, sino representar.
Pero claro… para ofrecer la ausencia hay que creer que uno es prescindible.
Y eso, en ciertos despachos, es más difícil que aprobar unos presupuestos.
Quizá algún día descubramos que el mayor gesto de fortaleza no es aguantar a cualquier precio, sino irse a tiempo.
Hasta entonces, seguiremos confundiendo resistencia con dignidad, cálculo con valentía y permanencia con legitimidad.
Salva Cerezo