El presidente catalán, Salvador Illa, se reúne hoy con Carles Puigdemont en la Delegación del Gobierno de la Generalitat ante la Unión Europea, en Bruselas. Lo lógico habría sido a la inversa, que fuera Puigdemont quien visitara a Illa en el Palau de la Generalitat, pero hay un pequeño inconveniente: Carles Puigdemont es un prófugo de la Justicia española, con órdenes nacional y europea de detención, excluido de la amnistía pactada para él y otros por Pedro Sánchez y procesado por un delito de malversación de caudales públicos.
Illa se convierte así en el tercer interlocutor oficial del socialismo español con Puigdemont, sumándose a la lista formada por Santos Cerdán, actualmente en prisión provisional, y José Luis Rodríguez Zapatero, bajo innumerables sospechas por sus relaciones tenebrosas con dictaduras de diversa naturaleza.
El presidente catalán consuma su tránsito al lado fangoso del sanchismo, abandonando el cómodo terreno en el que una benévola opinión pública lo había situado, el de la moderación. Ha decidido ser otro peón más de la ambición desmedida de Sánchez por mantenerse en La Moncloa. Rendir visita a Puigdemont no es un acto político neutro, ni es disculpable en el marco de una generosa política de la conciliación.
Es un paso más en la cadena de legitimaciones que Puigdemont reclama para su rehabilitación y para lo que el PSOE se preste sin ningún escrúpulo. Esta vez, con la visita de Illa, Puigdemont consigue tener el binomio de gobiernos humillados, el central y el catalán, y que sea vea de forma explícita que ambos dependen de él.
El PSOE ha convertido su relación con Puigdemont en un proceso de sumisión patológica, en el que el prófugo consigue más satisfacciones personales que resultados políticos –lo que no en vano le reprochan sus críticos internos– y Sánchez mantiene con respiración asistida su legislatura. Salvador Illa une también sus propias necesidades políticas, porque necesita aprobar el famoso cupo catalán y unos presupuestos generales para Cataluña, que justifiquen su permanencia en el poder y suavicen su dependencia de ERC y los comunes.
En este circo de varias pistas, cada cual busca exclusivamente su propio interés, sectario y partidista, aunque sea a costa de mancharse con la sordidez de la situación. Illa, que había sido un actor secundario en las relaciones del PSOE con ERC y Junts, comiéndose los platos que estos le preparaban, decidió romper su buena imagen cuando tomó el testigo de los cansinos ataques a Madrid y siguió, como umbral de su visita a Puigdemont, con exigencias a los jueces para que amnistíen a su predecesor.