La corrupción en el discurso político constituye el argumento falaz de los apologetas de la democracia posmoderna y del sistema de partidos políticos que la vertebra. Para esos tartufos la corrupción política es siempre imputable más a unos partidos e incompatibles con otros, claro, en términos relativos.
Por tanto nos encontramos ante un fenómeno curioso -el del discurso sobre la corrupción- que, así expuesto, constituye un pensamiento parcial y proyecta el concepto (corrupción) hacia personas o grupos concretos dentro de los partidos políticos (unos, los suyos, lo menos y los otros, el adversario, lo más) o en el interior del funcionamiento de la administración pública.
Esa forma de entender la corrupción busca salvar la democracia posmoderna o, lo que es lo mismo, al sistema de los partidos políticos que es el vértice de su gestión. La anticorrupción, en el mejor de los casos, cuando no se reduce a nuevas medidas igual de ineficaces que las anteriores, siempre tiene por objetivo reducir la corrupción o estigmatizar su ejercicio pero salvando el sistema político donde se desenvuelve. Puro romanticismo o, peor, vulgar ingenuidad borracha de ignorancia.
Lo expuesto representa una concepción de la política que exalta su escenario actual (la democracia) y deviene apologética por dogmática e ignorante. ¿Por qué? Porque la corrupción se convierte en un fenómeno que queda reducido a puro epifenómeno y puede ser eliminado. La realidad es otra: la corrupción política fue, es y será la columna vertebral y estructural de todo régimen político donde gobierna uno o compiten varios partidos para gobernar.
Nos quedamos en este breve apunte histórico en el año 1789 y no vamos más hacia atrás e invocamos el régimen que parió. Por eso, y son incapaces de analizarlo ni siquiera de comprenderlo, Corea del Norte no se diferencia en sustancia mucho de Corea del Sur o de España.
No, la corrupción no es típica de los regímenes más autoritarios, donde suele estar más reducida espacialmente y asociada a las prácticas de la camarilla autocrática dirigente, si no que impera también en los regímenes democráticos donde se expande y aumenta en todos los recovecos que ocupan los partidos políticos a causa de una competencia feroz e inmisericorde entre ellos para provecho y beneficio de todos.
El ámbito de las corrupciones no sería exclusivamente el ámbito de las administraciones públicas. Se extiende por doquier, dentro de las grandes sociedades económicas y grupos financieros y, sin detenerse, se impone como norma general del comportamiento humano.
Apostilla: precisamente por el hecho de existir un solo partido la corrupción política siempre se encuentra limitada y adopta la forma de coima (por cuidar un negociado) o prebendaria, las modalidades más variadas de sinecura. La corrupción antológica se centra en la dirección del partido único. En cambio en las democracias de varios partidos en competencia se combinan todas las opciones imaginables de corrupción y desbordan todos los límites y todos pueden ser protagonistas. Es la corrupción sistémica y estructural.
En síntesis, tenemos dos conceptos sobre la corrupción política:
–La mitológica por la cual el indebido desvío de los recursos públicos en provecho de unos cuantos del partido o de los funcionarios (o no, porque también un corrupto puede auto beneficiarse) presenta tonos de cruzada: todos contra el corrupto. Sin embargo este discurso, según el relato antropológico fantástico que lo rige, dispone que la corrupción personal o de grupo puede ser revertida o reducida a su mínima expresión. Estos mitólogos acometen la lucha contra la corrupción mediante medidas y nuevas medidas y más medidas … que no sirven absolutamente para nada.
–La estructural o inmanente que concibe la corrupción política como la expresión más auténtica, más natural, más consubstancial del poder político y que no admite remoción alguna. La corrupción no se reduce a la personal o al grupo. Se trata de la perfecta inversión del anterior relato fantástico: la corrupción no es personal o de grupo si no vinculada, no arraigada respecto de cualquier forma política; y la democracia no está exenta y, además, toda sociedad política es corrupta y no es sanable.
La concepción mitológica de la corrupción la concibe como una anomalía de pocos que contamina la pureza de la democracia inmaculada, que viene de fuera -de los otros- y que alcanzado cierto grado de generalización puede hundir la nación si no es saneada urgentemente.
La corrupción así entendida es algo exterior a la política y al sistema de partidos políticos (ya sea único ya sea plural) y obvia la auténtica realidad de todo poder político: el beneficio de una minoría sobre la inmensa mayoría.
Detrás se agazapa la creencia de una democracia enferma, afectada por la corrupción concebida al modo de los patógenos y que puede ser sometida a un tratamiento radical de cura, las famosas medidas anticorrupción. Estamos ante una concepción nefasta de las formas políticas, primero por falsa y, segundo, por corresponder a una gigantesca ilusión política en la que suele vivir su creyente como lacayo adulador.
En realidad la democracia fue una forma política que supuestamente abolió las formas de poder absoluto pero la corrupción no ha dejado jamás de operar como la forma natural de lo político: la unilateralidad, la arbitrariedad, los privilegios, la exenciones fiscales y penales, etcétera. Y la ferocidad del retorno de la corrupción en el instante cumbre de las democracias posmoderna no es más que un retorno caníbal de la política absolutista en el seno de las democracias degradadas.
Hablar de corrupción es tautológico. Todo poder político es una forma, más o menos consensuada, de corrupciones aceptadas en todos los ámbitos de la sociedad. No hay una y única corrupción, la política, sino una panoplia inmensa de corrupciones encadenadas y articuladas que se extiende de abajo a arriba, desde lo político a lo económico, en lo colectivo y en lo personal.
En efecto si el poder es profundamente corrupto hasta la lascivia es poque la población también es absolutamente corrupta y aspira a las ventajas y privilegios que proporcionan las corrupciones. De ahí que cualquier idea sobre la corrupción que sostenga la posibilidad de su neutralización o que es curable representa una veleidad, una tontería o algo peor. Es, diríamos, adaptativa al régimen político democrático.
La corrupción como relato mítico salva la democracia al sostener que es personal o de unos pequeños grupos cuando es la sociedad entera, en su integridad, la que es corrupta y , en realidad, constituye elemento esencial o estructural y que, finalmente, no puede sanarse.
¿Sánchez y sus adláteres son corruptos? Ni más ni menos que todos quienes lo apoyan o se les oponen (estos son hoy los nuevos corruptos políticos de mañana). Es esencial entender que la condición de la democracia es la de estar atravesada por la corrupción como sistema y estructura y permanece siempre al margen de este o aquel régimen político o de la misma buena voluntad. La corrupción política es consustancial al régimen de la democracia posmoderna.
Sánchez no va a pervertir un sistema que ya está pervertido ni sus acólitos van a hundir una nación por la corrupción sistémica que está por doquier y que es el resumen y reflejo del poder absolutista que actualmente opera en las entrañas de las democracias posmodernas.
Es completamente indiferente, en una situación de corrupción generalizada en los partidos políticos, que sea la justicia o la fiscalía la que ostente la competencia para instruir los procedimientos penales. La razón de la denominada Ley Bolaños es un deseo compartido por ‘todos’ los partidos en esa lucha por quedar indemnes de toda responsabilidad penal y no es otra cosa que sancionar una arbitrariedad más: la consagración legal de la impunidad de las formas de corrupción en el desempeño de los cargos políticos.
En efecto, lo que pretende esa futura Ley Bolaños hoy en ciernes no es otra cosa que elevar a la condición de derecho positivo (la impunidad) lo que no es más que una práctica habitual en el orden de la administración de justicia sobre protección de facto y de iure de los corruptos (léase Jordi Pujol a modo de miserable ejemplo).
Lo repetimos: es el retorno de las potencias absolutistas (discrecionalidad, arbitrariedad, privilegios, impunidad, etcétera), derrocadas en la Revolución Francesa, bajo el disfraz de medidas democráticas (“para proteger a los políticos de los jueces”) y la pugna actual no es más que hacer norma legal y de derecho lo que la práctica ya ha aceptado como hecho normal y cotidiano. La finalidad es clara: mantener la corrupción generalizada y castigar algunos casos menores.
Olvídenlo: la lucha contra la corrupción (política o de otra clase) no será nunca la causa de una reforma o de una regeneración de la democracia porque la democracia posmoderna es profunda, intrínsecamente corrupta, tanto en sus medios como en sus fines. Podemos sostener el mito de la corrupción y entender que expulsar del gobierno a un partido corrupto nos salva de la corrupción del que vendrá.
Eso no es ingenuidad es, sencillamente, estupidez elevada a la máxima categoría y, en síntesis, se erige en el discurso periodístico de parte de la prensa que proyectando su ingeniería de la comunicación han asumido, inanes, los ciudadanos más ‘puros’, los más ‘demócratas’, es decir los más corruptos.
Sin duda, la peor corrupción personal no es esa actuación de rechazo de los actos de corrupción sino la ignorancia y hacer exhibición obscena de ella, es decir, opinar sobre aquello que se ignora. Tenemos que decirlo sin levantar suspicacias pero con claridad: quienes únicamente nutren su comprensión de la política con las informaciones periodísticas son los peores porque incapaces de entender fenómenos que no tienen nada de simples se afanan en reproducir lo que mal leen para su autosatisfacción egolátrica.
En el fondo esos ignorantes de la política son prolongaciones de los partidos políticos y los sostienen con su tozuda ignorancia e, incapaces de entender lo que sucede, se lanzan a la defensa de la ‘democracia’ que no es en la actualidad más que una forma perfecta de autoritarismo elevado a la máxima potencia.
¡Qué me puede importar lo que diga la prensa anglosajona sobre la corrupción de la España de Sánchez! ¿Por qué debo de aceptar los discursos anglosajones interesados sobre Sánchez y sus corrupciones sistemáticas? Al fin y al cabo son discursos que no resultan muy distante de la línea editorial de una buena parte de la prensa española sobre la corrupción política, la corrupción política como mito, y que, en el fondo, adolece de varias carencias:
–No saben cómo hacer caer a Sánchez, un político enervante que no se rige como cualquier otro político al uso (negocia con China, ataca a Israel, sodomiza la administración pública, ejerce la política del incumplimiento sistemático, etcétera). No se preguntan por qué y quien lo mantiene y lo apoya.
–Carecen de cualquier proyecto político alternativo que no sea la continuidad enervante de la sucesión proyectada o programada en el sistema de partidos políticos, motivo por el que el discurso de la corrupción política se constituye en el único y definitivo medio para derrocar al gobierno.
-El objetivo de ese discurso mitológico sobre la corrupción y el propósito buscado con ahínco del derrocamiento de Sánchez no es, nunca lo ha sido, la regeneración democrática, que la administración pública cumpla con sus funciones o que los distintos agentes se abstengan de un comportamiento que les proporcione ventajas y beneficios, no es ni nunca lo ha sido salvar la nación, no es ni no será el bien común … vana y vasta ilusión de miserables.
Lo diré de nuevo para quienes quieran leerlo: solo el partido de Sánchez, una banda de pusilánimes, está en las condiciones históricas apropiadas para hundir el Estado democrático posmoderno en España, quien tiene la exacta disposición y el claro propósito resuelto para hacerlo sin complejos y hasta el extremo de acabar con todo lo que se le oponga. El poder absoluto conduce a la destrucción absoluta del Estado democrático. También podría darse como producto híbrido de una mutación histórica fantástica: una tiranía democrática.
Todo es discutible, pero la cuestión es sencilla: esa capacidad de destruir el Estado democrático que nos revelan Sánchez y quienes le apoyan (y no solo los que militan en partidos sino también y en especial quienes los votan) representa una oportunidad única para que después de Sánchez (y lo que representa) el Estado solo pueda funcionar mediante medidas de choque prescindiendo del sistema de partidos políticos.
-En efecto, eso es un cuento. Pero lo prefiero al patético mito de la corrupción política de pobres ignorantes para mantener impoluta su conciencia de corruptos.
-¿Qué dice Usted?
-Solo un corrupto menor que vive de una democracia corrupta alienta mantenerla para seguir disfrutando de sus nimios privilegios y de sus ventajas mindundi. Al menos, en lo que a mí respecta, esperaría de los demás ser un poco coherentes y contradecir lo que hacen (ser corruptos) con lo que piensan (dejar de serlo). Pero, la verdad, para muchos ‘demócratas’ posmodernos es una tarea imposible por sus calculados límites teóricos y deontológicos.
José Sierra Pama (ÑTV España)