Cualquier mediocre con síndrome de ideología imprecisa da el perfil para ser contratado por Televisión española.
El diseño de “La Uno” responde a la tradición de sustituir a los profesionales de plantilla que tienen la cultura de lo que es el servicio público, por personajes que han tomado posesión de un micrófono para rebajar hasta el vómito su complicidad con las consignas del gobierno.
¡Con lo buen comentarista deportivo que es Gonzalo Miró, no sé por qué ha enmerdado su imagen de experto en goles del Atlético de Madrid para convertirse en un agitador al servicio del jefe de la banda de delincuentes que preside el poder ejecutivo!
Hablo de Gonzalo porque me cae bien – lo digo en serio – y porque está por encima de la mediocridad de sus colegas Jesús Cintora, el pobre Javier Ruiz y la señora que grita en su programa.
Más de cien periodistas comprometidos en la cruzada de salvación de Pedro Sánchez, han firmado manifiestos a favor del gobierno y en contra de los profesionales independientes que investigan y denuncian con pruebas los abusos del poder y sus relatos falsos.
Alguno de estos ayatolás del Sanchismo han empezado a tentarse la ropa a medida que se multiplican los casos judiciales de la corrupción que afectan a la cúpula y, en particular, al falso santón de las cejas, al que la justicia ha pillado con un montón de joyas sin que pueda dar ni una sola respuesta creíble.
El hedor de “La PSOE de Sánchez” ha atontado a sus victimas que están celebrando anticipadamente el juicio final.
No me preocupan los políticos como Zapatero, Pedro Sánchez y sus ministros más enloquecidos a los que algún día la justicia dará cuenta de ellos, pero me enervan los agitadores que dicen ser periodistas y escriben al dictado de un gobierno bajo investigación judicial.
La ideología, que utilizan como pretexto para justificar cualquier delito o abuso de poder es el cáncer de la libertad individual y el basurero de la independencia intelectual.
Les consejo que no tengan en cuentan mis reflexiones porque yo me dedico a tocar el saxo en un burdel.
Diego Armario