Las elecciones generales de anoche arrojaron uno de los peores escenarios imaginables. El país queda en manos de la inestabilidad y de la incertidumbre, cuando no directamente de sus enemigos. Corresponde ahora a los dos grandes partidos conducirse con responsabilidad para no llevar la polarización hasta límites insostenibles.

Los ciudadanos otorgaron la victoria al PP (136 escaños) pero no le concedieron, ni en soledad ni en compañía de Vox, la mayoría suficiente para gobernar que Alberto Núñez Feijóo había solicitado. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha resistido de forma evidente (122 diputados) y podrá reeditar su coalición con Sumar, completada con ERC y Bildu como aliados parlamentarios. La situación empeora, pues necesitará también el apoyo inmoral del partido del president fugado Carles Puigdemont, que condicionará toda la legislatura.

Nunca un partido que pierde las elecciones ha gobernado España. Lo natural, en circunstancias como estas, sería reclamar un entendimiento en el espacio de la centralidad. La radical novedad que representa Sánchez en nuestra vida política es que descontamos que eso no va a suceder porque es capaz de superar cualquier escrúpulo.

Los resultados dibujan una sociedad dividida entre dos bloques antagónicos, y auguran una gobernabilidad difícil y una posible repetición electoral, pues se agudiza la dependencia socialista de los partidos secesionistas, incluido aquel que no ha condenado los más de 800 asesinatos de ETA.

La coalición de Arnaldo Otegi y Oriol Junqueras -y ahora también presumiblemente Junts- ya no serán socios externos, sino aliados fundacionales del Gobierno. Con todo, se constata que la emoción de rechazo hacia Vox ha surtido un efecto perjudicial evidente respecto al amplio triunfo que el PP cosechó el 28-M, y que en muchos españoles esa aversión ha pesado más que el rechazo a los pactos con los nacionalismos.

A la resistencia del PSOE ha contribuido en buena medida su magnífico resultado en Cataluña, la comunidad en la que más impacto tienen las medidas más cuestionadas de Sánchez, desde el indulto a los líderes condenados del procés hasta la supresión del delito de sedición. Por esas políticas ha recibido allí una recompensa inapelable, con votos posiblemente procedentes de ERC.

En segundo lugar, la estrategia del presidente de presentarse como el único dique contra la eventual entrada de Vox en el Gobierno de España ha surtido efecto, cortando el trasvase de votos de socialistas desencantados hacia el Partido Popular.

El temor a Vox se reveló ayer como un importante problema para las opciones de alternancia del centroderecha. Mientras Yolanda Díaz suavizaba su perfil desde el bloque de la izquierda, extirpado el radicalismo de Podemos, Santiago Abascal ha promocionado a figuras duras y augurado una situación más tensa en Cataluña.

Pero si bien Sánchez remontó quebrando las bajas expectativas, Feijóo, aun ganando, ha obtenido un resultado insuficiente después de elevarlas. Más allá de su victoria en el cara a cara con el presidente, la campaña del líder popular ha evitado aprovechar esa atmósfera favorable para reclamar un mandato ilusionante, y el exceso de confianza, hablando incluso de mayoría absoluta y de sus posibles ministros, le ha penalizado.

La ciudadanía se ha pronunciado de forma legítima y democrática. Y, lejos de cerrar el ciclo político de Pedro Sánchez, le ofrece una oportunidad para seguir gobernando. No será fácil, con la larga lista de grupos de los que dependerá; con un Senado donde el PP tiene la mayoría absoluta, y con las comunidades gobernadas por los populares.

Este periódico siempre ha pedido gobiernos estables y también acuerdos entre los dos grandes partidos centrales que han sido claves en el asentamiento de nuestra democracia. Ambos representan hoy juntos el 64,6% de los votos.

Sería deseable que, en los asuntos fundamentales que vertebran al país, Feijóo intentara dar a una salida a Sánchez.

La gobernabilidad no debería depender del precio que exijan el líder del mayor golpe a la convivencia de la España reciente y el partido que aún reivindica a quienes mataron en nombre de la independencia.

El Mundo