Esta mañana tuve la oportunidad de ver cómo, de la forma más miserable, se dirige a la juventud hacia los postulados de esta izquierda bellaca y canalla.

Sería la una de la tarde cuando, a la plaza de María Pita de La Coruña, accedió un grupo de no más de cien botarates que, voz en grito, insultaban al personal masculino tildándonos de asesinos, siguiendo las consignas de la malsana y perniciosa podemía.

La edad media de todos los concentrados no superaba la del bachiller o, a lo sumo, el primer curso de la universidad. Por supuesto, enarbolando las banderas moradas de la podemía y otros signos inequívocos de esta miserable y sectaria ideología comunista.

Todos ellos llegaron a las inmediaciones de la plaza en autobús, un medio de transporte que, a buen seguro, pagó alguien, liberando a los asistentes incluso de asistir a clase que es, precisamente, la única obligación que tienen.

Sorprende que estos que financian todas estas penosas demostraciones sean los mismos que criticaban airadamente el hecho de que Franco proporcionase medios de locomoción a los que acudíamos a las manifestaciones, aunque esa sea una media verdad.

Como siempre, es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio ya que está práctica, bocadillo y dieta incluidos, son el modus operandi habitual, desde siempre, de comunistas y socialistas.

Entre berridos y gritos de un dudoso gusto, allí se concentró aquella masa de energúmenas -algún energúmeno también se sumó- al pie de la estatua de la heroína María Pita de la que la inmensa mayoría de los allí reunidos, más bien la totalidad, desconocen su biografía y, sobre todo, el hecho de que ella, codo con codo con otras mujeres, otros hombres y un puñado de soldados defendió heroicamente La Coruña en 1589 cuando la plaza peligraba al estar cercada por el ejército inglés.

Tal vez, si conociesen el historial de esta heroica mujer jamás tratarían de encontrar en ella un referente a sus injustas reivindicaciones toda vez que, María Pita, fue capaz de alentar a hombres y mujeres, un todo indisoluble, a la hora de rechazar el ataque inglés, alcanzando, entre todos, una memorable victoria.

Cabría también preguntarse, llegado el caso, cuantas de estas botarates emularían la heroica hazaña de María Pita y, arma en la mano, defendería la ciudad. Supongo que ninguna, argumentando que ellas son pacifistas, otra gran falacia de la izquierda para escurrir el bulto.

Sin embargo, la incultura, la falta de rigor y de conocimientos y, sobre todo, ese malsano sectarismo es lo único que mueve a esta partida de botarates cuya ignorancia, más allá de ser fieles sicarios de sus amos que son quienes dictan las consignas, es supina y alarmante.

Curiosamente, en el local hostelero donde yo me encontraba, fui atendido, de forma amable y profesional, por una joven de origen africano que, además de trabajar en el establecimiento, cursa estudios de 3º de Derecho por la UNED, todo un ejemplo para esta colección de vagas y vagos vociferantes que viven de la sopa boba y estudian con el dinero que pagamos todos, incluidos, claro está, esos hombres a los que tanto odio profesan. Mucho tendrían que aprender de esta joven.

Sin duda, poco se puede esperar de un país gobernado por esas perversas individuas de la podemía, todo odio, todo rencor, que jamás dieron palo al agua, que nunca trabajaron y que lo único que han hecho es vivir gracias a las subvenciones públicas y que, un día, alguien peor que ellas las elevó al rango de ministras.

Tipejas, sin preparación alguna, que proclaman, encima riéndose, que es mejor que la mujer se masturbe para evitar el sexo tradicional ya que, al parecer, también es machista. Una excusa como otra cualquiera para justificar que ningún hombre en sus cabales las miraría para la cara. En resumen, igualar a la baja. Si a mi no me miran que no miren a nadie.

Estas son las líderes y las guías de todo este rebaño de botarates que desconocen lo más elemental de la vida.

Una cosa es reivindicar los derechos de la mujer y que a los puestos se acceda, no por cuotas, sino por preparación y conocimientos, algo deseable por todos, aunque ello suponga que todas las que los ocupen sean mujeres, y otra muy distinta es enfrentar gratuitamente a la mujer contra el hombre como si de enemigos irreconciliables se tratase.

Nadie tiene la culpa que los padres de todas estas podemitas fuesen unos maltratadores, el resto no lo somos ni lo henos sido nunca al igual que tampoco lo fueron nuestros padres y, mucho menos, que la mayoría de ellas no naciesen agraciadas.

Eugenio Fernández Barallobre (ÑTV España)