UN TAL LÓPEZ

El presidente de México, convendría decirle lo que aquel español, de viaje turístico en aquel país hermano, le respondió a un vecino de hamaca en la playa de Acapulco, le había soltado sin venir a cuento y más o menos correspondía a lo que Andrés Manuel López Obrador acaba de decirnos sobre la explotación, colonización y vejaciones cometidos por los primeros españoles que llegaron a su país, sin el añadido de que don Felipe VI debe pedirles perdón. «Mire usted, dijo nuestro compatriota.

Yo me llamo fulano de tal y es la primera vez que vengo a su hermoso país, con ánimo de conocerlo. Soy de una provincia española del interior y ninguno de mis antepasados tuvo el placer y el honor de venir a Méjico, que es como en España le nombramos antes de que la j se convirtiera en x. O sea que de todo eso que me habla, ni yo ni los míos tenemos nada que ver.

En cambio usted, que posiblemente se apellida García, Pérez, López o algo parecido, lo que significa que sus antepasados sí que vinieron y cometieron esas villanías de que me habla. A quien tiene que pedirles cuenta es a ellos, no a mí. Y déjeme añadirle algo: si en vez de ser españoles los primeros europeos que llegaron al nuevo mundo, hubieran sido ingleses holandeses o escandinavos, la población local hubiera sido recluida en reservas indias, como en Estados Unidos, y usted no estaría en una hamaca en una playa maravillosa. O sea, vamos a dejarnos de debates y gozar de este sol y de este mar, que bien se lo merece».

Por qué López Obrador, ¡un López nada menos!, que para mayor inri parece tener antecesores cántabros, nos ha salido con el viejo sermón de la explotación colonial es fácil de adivinar: es de izquierdas e incapaz de solucionar los problemas de México y de cumplir las promesas por las que fue elegido, echa mano de lo más fácil, de las ofensas de hace cinco siglos, desde Cortés hasta ayer, en el que están sus antepasados.

La Leyenda Negra, que por cierto fue iniciada por dos españoles, el Padre Las Casas, que proponía sustituir a los indígenas por esclavos negros en las haciendas, y Antonio Pérez, secretario de Felipe II, que huyó tras el asesinato de otro secretario, Escobedo, en el que al parecer estaba envuelto, llevándose a Francia material inculpatorio, más el que se inventó, base de la tristemente célebre leyenda.

Es verdad que hubo explotación e injusticias. Como en todos los procesos coloniales. Pero hubo, junto a iglesias, escuelas y centros de enseñanza, aparte del mestizaje. En cuanto al oro que trajimos de allí, fue devuelto por millones de emigrantes españoles que contribuyeron a crear el Méjico moderno, especialmente los exilados de la guerra civil, padres del Fondo de Cultura Económica y de la principal Universidad del país.

Así que, señor presidente López Obrador, no haga lo que sus amigos socialistas españoles, que sólo miran al pasado, y póngase a acabar con la corrupción, inseguridad y paro, que para eso le han elegido sus compatriotas.

José María Carrascal ( ABC )