Son muchos los intereses estratégicos del PP que dependen de su buen acierto en los próximos meses. El adelanto electoral en Cataluña ha propiciado un estrecho calendario en el que habrá de dirimirse el futuro inmediato de nuestro país. Las elecciones vascas, catalanas y europeas llegan en un momento en el que el Gobierno se encuentra en una situación de máxima debilidad, una fragilidad que arrastra consigo los intereses del país.

La expansión del caso Koldo hacia distintos ministerios y la presidencia del Congreso, la insostenible situación del fiscal general del Estado o la persistente dependencia de la legislatura de los intereses independentistas hacen que la circunstancia resulte especialmente crítica.

En una coyuntura semejante, el PP no puede obviar que es la fuerza política más votada, que tiene una aplastante mayoría en el Senado y que cuenta con un poder territorial sin precedentes.

Esta cuota de poder no es nada desdeñable y lo que ocurra en España en los próximos meses dependerá, también, de la solvencia con la que los populares sean capaces de optimizar la ocasión.

En política, la peor opción siempre es la indeterminación y, sin embargo, ante las tres citas electorales que vienen sólo conocemos el candidato del Partido Popular en el País Vasco, Javier de Andrés.

Es muy cierto que los principios y la estrategia han de ser siempre prioritarios con respecto a los nombres propios, pero es innegable que cuanto más se tarde en tomar algunas decisiones mayor será la sensación de incertidumbre.

Una incertidumbre que el PSOE sabrá optimizar en su favor. Alberto Núñez Feijóo se ha hecho merecedor de un liderazgo que debe ejercer sin titubeos, con claridad de ideas y firmeza. Los resultados en Galicia supusieron un nuevo impulso y validaron su transición en la Xunta, pero tampoco se puede soslayar la campaña del 23J ni la falta de reflejos tácticos en la gestión de los pactos con Vox tras las elecciones de mayo. En esta ocasión el margen de error será nulo y la España que resulte tras las elecciones europeas pautará, a buen seguro, nuestro futuro.

El Partido Popular no sólo cuenta con un poder tangible y real, sino que en el último tiempo ha tenido oportunidad de renovar parte de su patrimonio político. La bandera regeneracionista, la igualdad entre españoles, el constitucionalismo o ciertas cuestiones culturales y morales son causas que los de Feijóo han ensayado con cierto éxito pero que admiten un recorrido mucho más ambicioso, tanto desde un punto de vista ideológico como estratégico.
Tras la renaturalización del PSOE, convertido en un partido situado en los márgenes del sistema y de la institucionalidad, la responsabilidad que asumen los populares resulta inédita. El PP tiene la obligación de movilizar talento e ideas con una determinación directamente proporcional al desafío que tienen por delante y deben trasladar sus argumentos contra la ruptura de nuestra cultura política que ha supuesto la amnistía al territorio menos receptivo que existe.
El capital político es un bien preciado, pero que tiende a esfumarse con extraordinaria volatilidad. Los meses que vienen serán determinantes para Feijóo y para España y un político responsable no puede conformarse con no cometer errores. De hecho, ahora menos que nunca debería olvidarse que la política es una disciplina consagrada a la acción.
ABC