En la depresión política general, en la actual decadencia española, entre asechanzas partidistas, murmuraciones áulicas e indiferencias del pueblo, parece ser que VOX no ha sabido -o no le ha sido posible- encontrar personas de talla suficiente para enfrentarse al reto actual, que no es otro que el difícil menester de aunar las voluntades de todos con vistas a expulsar del poder a los frentepopulistas, para, acto seguido, dedicarse a la regeneración de la patria.

Vaya por delante que, como el estudiante que yo era por entonces, admiro a Ramón Tamames Gómez desde que cayó en mis manos, allá por la década de los sesenta, su obra Estructura económica de España, primero; y posteriormente un compendio de ésta que para mis necesidades educativas del momento constituyó una joya y que el profesor madrileño publicó con el título de Introducción a la economía española. Ambos fueron, como digo, libros de cabecera respecto a mis preferencias en el apartado de la ciencia económica. Mi respeto, pues, a Ramón Tamames como economista.

Pero ocurre que la biografía profesional del señor Tamames es dicotómica: la primera parte o faceta es, como apunto, la loable de economista, y la segunda la discutible que le presenta como político. Y es lógico suponer que ha sido esta segunda cara biográfica la que ha movido a VOX a elegirlo como protagonista de su moción de censura.

El objetivo de una moción de censura es dar al pueblo la voz que los totalitarios le han usurpado. Y dudo mucho que, en esta exigencia política al poder ejecutivo, la notabilidad del profesor Tamames «un cortesano del poder que busca desde siempre un ministerio», como dijo de él en su día García Trevijano, represente al patriciado español, es decir, a los ciudadanos honrados que aún quedan.

El señor Tamames, que ha tendido siempre más a lo mundano que a la seriedad intelectual, se ha mostrado frecuentemente oportunista, colaborando con Fraga o militando con Santiago Carrillo, flirteando con el CDs u ofreciéndose a Aznar para ministro.

Incluso, en su momento, llegó a tildar de fascistas a quienes proponían la abstención como protesta a un Sistema corrupto, como es el nuestro, y que ahora, por lo que se ve, sí está dispuesto a cuestionar, al menos en parte.

Exceso éste, no sólo verbal, que pone en duda su honestidad como pensador, pues muestra la irrespetuosidad que siente por opiniones que no comparte, aunque estén basadas en la razón. Y si esta figura -valetudinaria, además- es la más adecuada que ha descubierto VOX en la plaza pública de la intelectualidad española, que la Providencia nos ampare. O VOX zigzaguea más de lo visible o la aristocracia de la mente se halla más postrada aún de lo que sospechábamos.

Lo que todo esto demuestra es que la providencia -ahora con minúscula-, que señala las horas de orto y ocaso de las naciones, favorecida por una Transición de socialismo y asimilados, ha esterilizado progresivamente cualquier atisbo de ilustración y de ética, impidiendo el surgimiento de jefes (monarcas), generales, financieros, políticos e intelectuales capaces de poner en su sitio a traidores y tarados y mantener la grandeza del Estado.

Y ello, sin duda, porque el nefasto antifranquismo sociológico inoculado en la atmósfera social, en el que se hallan empeñados todos los estamentos y pelajes al uso desde hace cincuenta años, ha impedido crear el ambiente propicio para el desarrollo o la presencia activa en la vida cotidiana de insignes personalidades.

Los Gobiernos de la Transición, todos ellos impuestos o protegidos por los enemigos exteriores, tolerados o aplaudidos por una prensa venal y divinizados por el agitprop oficial, han sido el símbolo democrático de una multitud engañada, hedonista e indiferente, ausente de valores morales, cívicos y políticos, que ha permitido a la casta partidocrática todo tipo de abominaciones y deslealtades.

La presencia oportuna de los reyes oponiéndose a los permanentes escándalos de la clase política y de sus clientes, hubiera evitado la degradación paulatina de la patria, pero los dos monarcas que han ejercido como jefes de Estado en este período han sido cautivos de su propia inanidad, así como de una cómoda y equívoca interpretación de una Constitución no menos equívoca y desleal a la patria y a su unidad.

Si a todo ello añadimos el difundido nepotismo, la turbamulta de asesores, subsidiados y protegidos, las tupidas redes clientelares, los aprovechados de las finanzas y del dinero negro, los comisionistas y la abigarrada tropa de pícaros y galopines que, al amparo del libertinaje oficial, de chollos y sinecuras, deambulan por las cocinas y las caballerizas del poder, nos encontramos con el retrato nada noble de una España preterida, esquilmada y maltratada por todos.

Y, sobre todo, de una visión general basada en los derechos, no en las obligaciones; en un engañoso papá-Estado pródigo, no en el esfuerzo. Una mirada social incívica, carente de ideales, ávida de dinero para poder despilfarrarlo en ejercicios consumistas, sin sentido de lo noble, de la religiosidad, ni de la moral.

Una colectividad de espíritu festivo chusco, con una idea de la diversión chocarrera, desenfrenada e irreverente; una cultura encastrada en la vulgaridad divulgativa y en la ordinariez sexual y en el implacable adoctrinamiento licencioso-marxista. Una sociedad, en fin, de demonios entregados hasta extremos patológicos a los siete pecados capitales.

No obstante, aunque la corrupción ha penetrado en todos los ámbitos e instituciones, incluida la Iglesia, conviene advertir que, entre esta omnipresencia del mal, se halla la virtud anónima de una minoría, el esfuerzo diario, el sufrimiento del pueblo sano que queda oculto.

Una minoría de hombres y mujeres inteligentes y honrados que intentan salvar de este caos a la patria. Pero aun en esta selección de ciudadanos sin rostro que cumplen con su deber, se advierten la desesperanza y el desengaño, que entibian el ánimo y le hacen poco propicio a las grandes empresas.

La política española de esta época padece un rumbo y dirección bien definidos que consiste en echarse en brazos precisamente de las potencias extranjeras occidentales, que son sus tradicionales enemigos y tienen usurpado un trozo estratégico de nuestro territorio. Porque si hay una constante en la actuación exterior es la del servilismo con esos enemigos, y el apoyo a sus causas, que no son las nuestras, y que dejan patriótica y éticamente mucho que desear.

Lo obvio es que, al servicio de un ideal ennoblecedor, de una neutralidad activa, en sintonía con nuestra postura de los últimos cien años largos, no hay un plan firmemente seguido ni una visión de conjunto de los problemas domésticos y geoestratégicos que nos convienen. Al contrario, con la excepción del período franquista, nuestros gobernantes se han dedicado tenazmente a destruir a la patria o, ante la evidente voladura, a mirar para otro lado.

Aunque siempre los ha habido, esta época es un dramático semillero de traidores, aparte de un tiempo de arbitristas, del salir al paso en cada momento, como se pueda, enriqueciéndose personalmente y arruinando a la nación. Así, la única esperanza del patriciado español -los españoles de bien- se cifra en la aparición de un milagro que devuelva a España el progreso verdadero y el orgullo necesario para luchar contra sus enemigos por un futuro de paz y de libertad sustentados en la unidad y en el idioma y objetivo común.

Lo penoso es que, salvo honorables excepciones, tampoco en esta época la literatura, el arte o la ciencia han destacado. Creíamos, basándonos en ejemplos de otros tiempos, que la floración literaria, artística y científica necesitaba, como la floración vegetal, materia en descomposición para su desarrollo exuberante.

Pero no ha sido así. Al contrario, pocas épocas, si hay alguna, pueden compararse con esta ruindad creativa e investigadora que padecemos. Un arte, una literatura y una ciencia asaz plebeyas, de ínfimo gusto o rigor, sin asomos de prominencia, intuición, imaginación ni fantasía, que envuelve y representa, en línea con sus políticos, a la gran mayoría de la sociedad española.

De ahí que, según criterio de VOX, sea Tamames la figura idónea para poner contra las cuerdas al ejecutivo. Algo que no dice nada bueno; ni a favor del especulativo e inseguro VOX -que no sabe o no quiere distanciarse decididamente de la casta corrupta en aspectos esenciales- ni a favor de la colectividad.

Jesús Aguilar Marina (ÑTV España)