En este país nuestro, donde tropezar no es un accidente sino una costumbre, la mula vuelve al trigo con la naturalidad de quien jamás aprendió a leer el cartel de “prohibido pasar”. No se puede hacer peor… pero siempre se intenta.
Las víctimas de la DANA, ya de por sí castigadas por el agua y el olvido, ahora asisten atónitas al espectáculo de ver cómo se paga un tercio de las indemnizaciones a las víctimas de Adamuz por anticipado. Un gesto que no solo chirría, sino que suena a confesión mal disimulada. Porque cuando uno paga con tanta prisa y tan mal, no parece solidaridad, sino más bien parece miedo. Y el miedo, en política, suele oler a culpa.
Por si el panorama necesitara más atrezzo, ahí están los 34.000 kilómetros de carreteras llenos de baches, auténticos campos de minas para el ciudadano corriente. Reventones de ruedas, suspensiones destrozadas y conductores preguntándose si circulan por una vía pública o por un decorado de película postapocalíptica. Eso sí, discursos sobre movilidad sostenible no faltan; el asfalto, en cambio, sí.
Se barrunta que aún nos quedan dos largos años de legislatura tras el apaño con Podemos y Junts, una especie de parque jurásico político donde campan monstruos, orangutanes y descerebrados, todos convencidos de estar haciendo historia cuando en realidad están haciendo escombros.
Media España, agotada y con rosario en mano, reza para que Aldama saque el famoso sobre. ese que, según se dice, le entregó Delcy Rodríguez, y se confirme de una vez la financiación irregular del PSOE. No por morbo, sino por higiene democrática. Porque ya ni el escándalo sorprende; lo que sorprende es que aún no se haya aclarado nada.
Y en medio de tanto lodazal, Huelva dio una lección. Sin aspavientos, sin focos innecesarios y sin convertir el dolor en propaganda con una ceremonia religiosa. Frente al bochornoso espectáculo del funeral laico inventado en Valencia, aquel engendro diseñado más para la foto que para el respeto, el pueblo onubense mostró que hay otra forma de despedir, de sentir y de honrar. Con sentimiento, con elegancia y, sí, incluso con orgullo.
Porque cuando el poder convierte el duelo en escenario, la dignidad suele refugiarse en la gente corriente. Y una vez más, fue el pueblo, no el Gobierno, quien recordó que el respeto no se decreta, se demuestra.
Y mientras tanto, ya se sabe… la mula, fiel a su naturaleza, vuelve al trigo. Siempre vuelve…
Salva Cerezo

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Humanidad,

Última Actualización: 31/01/2026

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