El ser humano es sociable por naturaleza. Los hombres necesitan el trato con su prójimo; todos lo quieren y todos lo buscan, pero pocos emplean los medios adecuados para hacerlo agradable y duradero. Cada cual busca su placer y beneficio a expensas de los demás. Por eso necesitan del engaño y aun del autoengaño, pues no podrían vivir mucho tiempo en sociedad si no se engañaran unos a otros, y a sí mismos.
Todos se dan prisa en divertirse y gozan de ese primer placer que consiste en darse como espectáculo a los demás; todos gastan más allá de sus medios en cosas que sólo conciernen a la alegría de vivir… Se vende y se compra lo que se llama superfluo, y nunca más fútil ha sido, como lo es ahora, el adornarse, el seducir, el conquistar, el entregarse a los abyectos goces o el probar las cosas raras que son fruto del ingenio humano.
Se trata de aprovechar todo lo que la ciencia, la técnica, la naturaleza o la providencia han dado al hombre para que se deleite. No obstante, paradójica y naturalmente, todos se dan prisa también en quejarse; no por su condición de seres moralmente miserables, sino por no poder saciar todos sus apetitos.
En esta época, las multitudes y sus delegados institucionales son de condición venal y tolerante a la hora de juzgar su propia infamia. Laxos con toda clase de corrupción e intransigentes con todo atisbo de virtud. Así las cosas, es un gran acto de sabiduría y piedad, por parte del Creador, haber impedido a la humanidad conocer su porvenir, al tiempo que le ha entregado las delicias del recuerdo y la ilusión de la esperanza. Tal como están las cosas en España, pocas personas querrían sobrevivir si supieran lo que les espera.
Porque los españoles, hoy, no sólo carecen de instituciones que les defiendan, sino que ellas son, en vez de pastores, sus propias bestias carniceras. Los organismos que se hacen pasar por tales, son meros establecimientos delictivos, predadores y despóticos que, de paso que les desvalijan y arruinan, imponiéndoles tributos e impidiéndoles defenderse, les abandonan a merced de todo tipo de adversarios, sean éstos escoria social o poderes internacionales. Pocas veces, pues, ha estado España, como ahora, tan expuesta al diente de los lobos.
Y ni contra la deslealtad, ni contra la extorsión tributaria, que a eso ha llegado el sistema financiero-administrativo dirigente, hay posibilidad de recurrir a autoridades superiores, cuyo interés por el gobierno es exclusivamente de carácter ideológico y vandálico, con los consiguientes efectos desastrosos sobre el pueblo agricultor o mercader, así como sobre la clase media en general.
De modo que España se desmorona visiblemente con el tesoro exhausto -una deuda pública estratosférica-, con el espíritu combativo y patriótico de los ejércitos disipado y con la moral de la administración civil desvanecida.
Resultados debidos a fundamentales errores políticos, métodos administrativos inadecuados y, sobre todo, a una imposición ideológica determinada, nacida de la codicia, de la sevicia y del resentimiento, y a una absoluta ausencia de contenido ético que ha dado como fruto lógico la división de la patria en lóbis doctrinarios y taifas egotistas. Sin olvidarnos de la omnipresente corrupción que ha invadido todos los ámbitos de convivencia, empezando por los exclusivistas y los áulicos.
Desde el inicio del posfranquismo se adoptó, por los sucesivos responsables de dirigir el Estado, una política destructiva de identidades y raigambres (religiosidad, propiedad privada y familia, primordialmente) y de sectaria permeabilización institucional, de manera que todo funcionario medianamente importante había de ser miembro o seguidor expreso del partido opresor, recibiendo prestigios, recompensas y empleos bien remunerados. En cambio, se promulgaron numerosas leyes contra los opositores, prohibiendo o limitando su libre expresión e incluso la verdad histórica, y arrojándolos al ostracismo.
Efecto de estas y de otras disposiciones, introducidas a lo largo de la Farsa democrática del 78, fue dar a los súbditos -nunca ciudadanos- la impresión de que el Estado existía sólo en beneficio de las regiones impregnadas de frentepopulismo, además de en provecho de sus componentes individuales y de su caterva de progres y de cómplices.
Tal idea ha producido el inevitable agravio comparativo; de suerte que resulta inexplicable -salvo para el caso de una sociedad abducida y sin jefes insurgentes- que no hayan aflorado ocasionales rebeliones de determinados grupos o comunidades, hasta fundirse y conformar una insurrección total (nacional), imposible de reprimir.
De este modo, actuando con sorprendente impunidad en una pretendida democracia, los dirigentes habidos en estas casi cinco décadas últimas han destruido los cimientos sobre los que el franquismo -a partir de las ruinas dejadas en los años 30 del siglo pasado por la barbarie frentepopulista- había edificado la octava potencia mundial. Porque mientras no se borre de la vida cotidiana a la antiespaña, la historia de odios y confrontaciones seguirá repitiéndose para vergüenza y amargura de las gentes de bien.
Extensas y fecundas regiones y beneficiosas y punteras producciones industriales han sido devastadas o desorganizadas por la negligencia voluntaria de los bárbaros, por su desleal y estratégica decisión de acabar con la patria, mientras el consumo hedonista y la malversación aumentaban; las crecientes exacciones apartaron progresivamente a los agricultores de sus campos, a los obreros de sus fábricas, a los pecuarios de sus ganados y a los mercaderes de sus comercios, convirtiéndolos en seres desarraigados y desesperanzados a merced de parásitos, okupas, inmigrantes ilegales, oligarcas financieros, casta política y demás facinerosos.
Bajo la dirección metódica y el amparo de los partidos de la casta y de sus jueces y mercenarios, el reino no ha dejado de sufrir la rapacidad de jefes y funcionarios mayores y menores. Tortuosos en sus métodos, desconfiando siempre de la virtud y de la excelencia, no se han detenido hasta hacer desaparecer a los ciudadanos honrados y competentes de los primeros planos sociopolíticos e intelectuales, siendo su lugar ocupado por sicofantes y parásitos.
Así mismo, la cultura y el arte han desaparecido casi totalmente; el pensamiento y la literatura carecen de perspectivas e incluso la redacción de crónicas ha dejado de recibir estímulos, salvo los del subsidio y la mentira, a los que se han acogido gustosas todas aquellas plumas venales capaces de lisonjear a los déspotas que impiden expresar la realidad histórica.
Una realidad que, como en las fábulas de La Fontaine y de Samaniego, o en las reflexiones de Gracián y de La Rochefoucauld, nos muestra a millones de bueyes trabajando durante toda su vida para enriquecer a quienes les imponen el yugo.
Animales tranquilos y apacibles que no sirven más que para alimentar a otros animales. Y también animales que permanecen sujetos porque desconocen su fuerza. ¡Cuántas especies de animales pululando alrededor! ¡Y cuántos animales-hombres hay, de igual forma, que viven de la sangre y de la vida de los inocentes!
El caso es que España se halla expuesta al diente de los lobos institucionales, sin que la providencia -o Providencia- dé señales de vida. ¿Hasta cuándo podrá seguir soportando la patria a tantos logreros, bellacos y mandrias mancilladores de la convivencia que, como zorros, viven de su astucia, y cuyo oficio consiste en robar, asesinar y engañar?
Jesús Aguilar Marina (ÑTV España)