Hay expresiones que, dependiendo de quién las pronuncie, parecen pecado o virtud. Una de ellas es esa que ahora algunos recitan con escándalo impostado: “prioridad nacional.” Basta con que alguien sugiera que un país debería preocuparse primero por sus propios ciudadanos para que se desate una tormenta de tertulianos con gesto de tragedia griega, como si se hubiera propuesto abolir la razón, la compasión y hasta el reglamento de la comunidad.
Lo curioso es que muchos de los que hoy se rasgan las vestiduras llevan décadas mirando hacia otro lado cuando esa misma filosofía se ha aplicado, con nombre más elegante y perfume institucional, en determinados territorios donde lo de proteger a los de casa no solo no era un escándalo, sino casi una obligación moral. En Cataluña, por ejemplo, durante años se han concedido privilegios políticos, fiscales, lingüísticos y administrativos bajo la noble etiqueta de la “singularidad”, mientras el resto del país asistía al espectáculo como quien contempla una obra de teatro cuyo final ya conoce pero sigue pagando la entrada.
Allí no se llamaba prioridad nacional. Allí se llamaba “hecho diferencial”, que suena mucho más fino, más europeo y más subvencionable. Y bajo ese envoltorio semántico se ha ido consolidando una idea sencilla, primero los nuestros, después ya veremos si queda algo para los demás. Todo ello, por supuesto, con el aplauso discreto de muchos de esos mismos portavoces que hoy descubren de repente que preocuparse por los tuyos es una peligrosa deriva moral.
La hipocresía política tiene esa admirable capacidad para cambiar de disfraz sin sonrojarse. Si el favoritismo se ejerce desde un nacionalismo periférico, se presenta como sensibilidad histórica. Si se plantea desde una visión más amplia del país, entonces se convierte en populismo. La misma idea, el mismo fondo, pero distinto envoltorio para que el consumidor ideológico no note que lleva años comprando el mismo producto con etiquetas distintas.
Porque en el fondo la pregunta es incómodamente simple: ¿es realmente tan irracional velar por los tuyos? Cualquier padre lo hace con sus hijos. Cualquier familia con los suyos. Cualquier comunidad protege primero aquello que considera propio antes de mirar hacia fuera. Sin embargo, en política parece que esa lógica elemental solo es aceptable cuando conviene al relato adecuado. Cuando no, se convierte en una herejía que hay que denunciar en horario de máxima audiencia.
Quizá el verdadero problema no sea la prioridad nacional. Quizá el verdadero problema sea quién tiene permiso para ejercerla sin ser señalado. Porque en este país no molesta tanto que algunos cuiden de los suyos; lo que realmente incomoda es que otros quieran hacer exactamente lo mismo sin pedir perdón por ello.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 25/04/2026

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