Dicen que la historia no se repite… pero tiene un sentido del humor bastante peculiar. Antes las cadenas eran de hierro, hoy son de papel: contratos precarios, impuestos crecientes y promesas políticas que se evaporan más rápido que un cubito de hielo en agosto en Murcia.
Mientras el ciudadano medio intenta descifrar cómo llegar a fin de mes sin hacer malabares dignos del Circo del Sol, el foco mediático se dirige, con una precisión quirúrgica, hacia la regulación de inmigrantes. Un tema sensible, complejo… y extraordinariamente útil para desviar la atención. Porque, claro, es mucho más fácil discutir sobre quién entra que sobre quién paga la fiesta.
Y en ese escenario aparecen las nuevas “empresas de transporte humano”, también conocidas como mafias, que han encontrado en el drama ajeno un modelo de negocio más rentable que cualquier startup tecnológica. Prometen un futuro mejor, pero entregan mano de obra barata, vulnerable y, sobre todo, silenciosa. La esclavitud moderna no necesita grilletes, le basta con la desesperación.
Mientras tanto, la OCDE, esa aguafiestas internacional que insiste en poner números donde otros ponen discursos, lanza una advertencia incómoda: «en España los ingresos reales caen mientras la carga fiscal sobre el empleo sube». Traducido al castellano llano, trabajas más, cobras menos… y pagas más.
Pero no pasa nada. Siempre quedará el relato. Ese que nos dice que todo va bien, que somos un ejemplo de progreso, que el problema es global, como si eso consolara, y que cualquier crítica es poco menos que antipatriótica. El manual es sencillo: si no puedes mejorar la realidad, mejora la narrativa.
Y en medio de todo esto, una clase media que se desliza silenciosamente hacia abajo, como quien no quiere la cosa. Sin hacer ruido. Sin titulares. Sin manifestaciones multitudinarias. Porque está demasiado ocupada sobreviviendo como para protestar.
El gobierno, por su parte, juega a la política de equilibrios imposibles, sin presupuestos, con apoyos frágiles y con la sensación de que cada decisión no responde a una estrategia, sino a una necesidad urgente de mantenerse a flote. Gobernar ya no es dirigir, es resistir.
Así, entre cortinas de humo, cifras maquilladas y debates cuidadosamente seleccionados, se va consolidando esta nueva esclavitud del siglo XXI. Una en la que no hace falta látigo, porque el miedo a caer es más eficaz. Una en la que no hay amo visible, pero sí muchas manos recogiendo beneficios.
Y mientras tanto, nosotros… entretenidos.
Porque al final, como decía aquel refrán, “cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo”. Y aquí llevamos ya tiempo discutiendo sobre el dedo… mientras nos vacían los bolsillos en un ambiente que huele a estiércol.
Salva Cerezo