Hubo un tiempo, lejano, casi mitológico, en el que trabajar era la vía para prosperar. Uno se levantaba, cumplía con su jornada, pagaba sus impuestos… y, con suerte, podía aspirar a una vida digna. Hoy, sin embargo, el progreso nos ha regalado una alternativa mucho más eficiente: ¿para qué trabajar por 1.224 euros… si puedes cobrar 1.394 sin levantarte del sofá?
La modernidad no consiste en innovar, sino en perfeccionar el arte de la paradoja.
El dilema es fascinante. Por un lado, el salario mínimo interprofesional, esfuerzo, desplazamientos, horarios, jefes… ese conjunto de tradiciones casi folclóricas. Por otro, el ingreso mínimo vital, comodidad, seguridad y, lo más importante, ausencia de riesgos laborales… salvo el de desgastar el mando a distancia.
Y claro, cuando el sistema premia más la inactividad que la actividad, no estamos ante un problema económico… sino ante una obra de ingeniería social digna de estudio.
Porque aquí no se trata solo de números, se trata de incentivos. Y el mensaje es cristalino, trabajar es opcional, pero depender… es estratégico.
Mientras tanto, el ciudadano que sí trabaja observa la escena con una mezcla de estupor y resignación. Paga impuestos, asume costes de transporte, soporta la inflación… y descubre, con cierto asombro, que su esfuerzo no solo no le hace avanzar, sino que le coloca por debajo de quien ha optado por no participar en el juego.
Eso sí que es igualdad… pero por abajo.
Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿esto es protección social… o fidelización electoral?
Porque cuando tres millones de personas reciben un ingreso garantizado sin necesidad de integrarse en el mercado laboral, no estamos solo ante una política social. Estamos ante un caladero de votos tan estable como rentable. Un electorado agradecido, dependiente y, sobre todo, previsible.
La democracia convertida en suscripción.
Mientras tanto, la clase media, esa especie en vías de extinción, sigue financiando el experimento. Cada vez con menos margen, cada vez con más presión fiscal y cada vez con menos incentivos para seguir siendo el pilar del sistema.
Pero no pasa nada. Siempre quedará el relato. Ese que nos explica que todo esto es progreso, justicia social y solidaridad. Aunque, curiosamente, la solidaridad siempre parece recaer en los mismos.
Así, poco a poco, vamos transitando hacia un modelo donde el trabajo pierde valor, el esfuerzo se diluye y la dependencia se institucionaliza. No con cadenas visibles, sino con transferencias mensuales.
La nueva esclavitud no te obliga a trabajar… te convence de que no merece la pena hacerlo.
Y mientras tanto, el país avanza… sí, pero hacia una pregunta cada vez más incómoda:
¿Quién sostendrá el sistema… cuando trabajar deje de ser una opción razonable?
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 24/04/2026

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